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El amor a los enemigos (Mt 5:43-48)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Con este texto terminamos el capítulo con la sexta ilustración que utilizó Jesús para explicar su enseñanza sobre la ley de Dios en contraposición con al interpretación que de la misma hacían los escribas y fariseos.

Este pasaje es extraordinariamente rico en contenido y una continuación lógica de los principios expuestos por el Señor en los versículos precedentes.

  “Chang kai-sheck  nació y creció en un modesto hogar de agricultores en una pequeña aldea china. Perdió a su padre cuando era muy joven y fue criado por su madre, una ferviente budista. A la edad de 25 años ya era jefe de una tropa muy adicta al régimen comunista. Su labor usual era invadir ciudades, aterrorizar a las familias, masacrar y saquear. Los establecimientos misioneros no escapaban de ese trato, por el contrario, continuamente eran blanco de sus incursiones. Chang, ascendido a general, se vanagloriaba de esas hazañas.

Cierta vez prendió fuego a un hospital y destruyó al mismo tiempo la vivienda del médico misionero. Éste pidió una entrevista a Chang y le dijo: -General, quisiera pedirle un favor.-No te concederé nada- fue la respuesta. -Usted arruinó toda mi obra –prosiguió el médico-; ya no tengo nada que hacer. ¿Me permite curar a sus soldados heridos? Este pedido conmovió a Chang.

Habló de ello a su mujer, una cristiana que oraba desde hacía mucho tiempo por él. Ella le explicó que este médico ponía en práctica la enseñanza del evangelio: <Amad a vuestros enemigos>. -¡Pues bien! – dijo el general-, si tal es la  religión de esos extranjeros, quiero ser cristiano. En 1936 Chang fue hecho prisionero. Su esposa pidió que le fuese concedido acompañarlo en su cautiverio.

Entonces, él  recibió a Jesús como su Salvador y con valentía dio testimonio de su fe hasta el fin de su vida”.  

  1. La enseñanza de los escribas y fariseos (v. 43) Como  hemos señalado repetidamente la frase “oísteis que fue dicho”, tiene que ver con la interpretación de la ley que hacían los maestros de Israel. En este caso es cierto que la ley enseñaba amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo (Dt. 6:5, Lv. 19:18), pero en ninguna parte del AT se afirmaba que tenían que aborrecer a su enemigo.
    Los judíos habían hecho el siguiente razonamiento: “mi prójimo quiere decir solamente un israelita” y de este modo ellos debían amar a sus compatriotas, pero no a los demás hombres, a los que consideraban no sólo extraños, sino enemigos. Los judíos conceptuaban a todos los gentiles como perros y por eso éstos les desdeñaban, de manera que se producía un muro de separación entre unos y otros.
    De ahí que los escribas y fariseos pensaran que honraban a Dios despreciando a todos los que no eran judíos. Sin embargo, podemos decir algo a favor de los  que sostenían  esta enseñanza procurando justificarla con la Escritura, porque en el AT encontramos algunas afirmaciones que pueden haber alentado a odiar a sus enemigos y que muchas veces dejan perplejos a los cristianos:

    1. El exterminio de los canaanitas. Cuando los hebreos  entraron en la tierra prometida, Dios les ordenó que en la conquista eliminaran a los moradores de Canaán, cosa que no hicieron totalmente y luego fueron influidos por ellos cayendo en la idolatría. Sin embargo, la orden de Dios tenía que ver solamente con la conquista como juicio de unos pueblos cuya maldad era execrable para quitar la ignominia de la tierra.

    2. Las imprecaciones en los Salmos. En algunos Salmos hay expresiones muy fuertes que contienen maldiciones contra ciertas personas (Sal. 69:22-28). Quizás, expresiones así les llevara a considerar que si bien debían amar al prójimo, también debían aborrecer a sus enemigos.

      Tanto en el caso anterior como en este, resolvemos la dificultad considerando que todas estas órdenes tienen carácter judicial, nunca personal. Si esto no fuera así, ¿cómo podríamos conciliar la enseñanza de Jesús de amar a los enemigos con toda la serie de maldiciones que pronunció contra los fariseos? Por otro lado, si la gracia de Dios se muestra sobre todos los hombres, al mismo tiempo no excluye que Dios condene a los pecadores. Su amor no está reñido con su justicia.

      Por eso, en el AT podemos ver tanto el amor de Dios como su juicio contra las naciones pecadoras, el cual se convierte en tipo del juicio futuro contra los impíos.

  1. La enseñanza del Señor Jesucristo (vv.44-45)
    Una vez más nos hallamos  con el mismo principio expresado en el texto anterior con relación a  las ofensas, solamente que ahora tiene que ver con los enemigos que nos maldicen, aborrecen, ultrajan y persiguen.

    Pero Jesús va más lejos que poner la otra mejilla, dar la capa o cargar una segunda milla. Ahora se trata de algo revolucionario, amar a los enemigos, un tipo de comportamiento que es propio de nuestro Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos sin discriminar a ninguno, que se conoce como “gracia común”.
    Y si nosotros somos hijos de nuestro Padre es de esperar un comportamiento semejante al suyo. Quizás la dificultad mayor con que tropiezan algunos cuando leen estas palabras es decir que esta enseñanza es imposible de seguir porque nadie puede amar a otra persona que continuamente le hace mal.

    Pero al decir esto incurren en un tremendo error porque entienden que el amor del que se habla aquí es un sentimiento al que nadie nos puede obligar. ¿Cómo es posible que Jesús nos mande sentir afecto por otra persona cuando el amor es un sentimiento que nosotros no controlamos?

    La  dificultad para entender esto procede de una cuestión lingüística. Mientras en castellano solamente tenemos el verbo “amar”, en griego existen cuatro verbos distintos y todos ellos se traducen por “amar”.  



    1. Erao. Significa amar en sentido sexual y se usa para referirse a la atracción mutua entre hombre y mujer.
    2. Stergo. Expresa el amor familiar, el cariño de los padres a los hijos y recíproco. Este término no se encuentra en la Biblia porque ésta usa un sinónimo.
    3. Fileo. Expresa el amor de amistad y es el término más general para describir el afecto de la persona. De él se derivan filos (amigo) y filema (beso). Es el afecto cálido que se siente entre dos amigos o entre familiares.
      Hasta aquí, todos los vocablos que hemos explicado tienen que ver más con los sentimientos que con la voluntad y ninguno de ellos es el que Mateo nos ha transmitido citando a Jesús.
    4. Agapo.. Dice literalmente el v. 44: “agapate (segunda persona del imperativo plural) a tus enemigos”. Este verbo expresa amor de benevolencia, es decir, el amor que es capaz de dar y de mantenerse dando sin esperar nada a cambio.

      Explicado de otro modo, es el amor en acción o el amor que obra y no un sentimiento, sino un amor desinteresado. En este tipo de amor no importa lo que una persona puede hacernos ni del modo que nos trate, porque siempre tendremos oportunidad de amarle, o sea, de hacerle bien. Recordemos la historia del médico misionero.
      El amor ágape no consiste en sentir algo por la persona que nos hace daño, sino de hacer algo por ella. No es un amor afectivo o sentimental, sino efectivo u operativo, como el amor de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. El mandato de Jesús no es que debemos amar a nuestros enemigos del modo que amamos a nuestros familiares o a nuestros amigos, porque hubiera empleado alguno de los otros verbos.
      El amor que Jesús exige consiste en una actitud, una determinación que pertenece a la voluntad, no en un amor que nos obliga a sentir afecto por quien nos ha ofendido ni a devolver amistad a quien nos ha defraudado. Lo que nos pide Jesús a los cristianos es tener la capacidad de ayudar y prestar un servicio o hacer el bien al que nos ha ofendido.
      Por eso lo ilustra con tres ejemplos:

      1. bendecid a los que os maldicen, o sea, hablad bien de estas personas aunque digan mal de nosotros;

      2. haced el bien a los que os aborrecen, devolviendo bien por mal;

      3. orad por los que os ultrajan y os persiguen, es orar por alguien que lo necesita y si además lo hacemos así no albergaremos resentimientos contra ella. Pablo añade en Ro. 12:20-21 otros aspectos del amor que obra: “si tuviera hambre dale de comer, si tuviera sed dale de beber”.

  1. El clímax de la enseñanza del Señor Jesucristo (vv.46-48)
    La práctica de los principios de este pasaje y del anterior conducen a una conclusión lógica: el cristiano es una persona distinta a las demás; hace lo mismo que el resto de la humanidad, pero siempre tiene que ir más lejos, dar un paso más.
    Pone la otra mejilla, da la capa y no sólo la túnica, anda la segunda milla y ama a los enemigos haciéndoles el bien aunque reciban mal. Porque amar a los que nos aman es algo que hacen también los incrédulos y pecadores, no habiendo nada especial en ello.
    Saludar a nuestros hermanos, que para los judíos incluía tanto la religión como la nacionalidad, era algo que los paganos practicaban normalmente. Por tanto, no hacían nada de más, pero el cristiano sí que tiene que actuar con un plus que refleje su verdadero carácter de hijo de Dios el Padre cuya conducta ha quedado reflejada claramente.

Conclusión
 En otras palabras, el cristiano ha de ser como su Padre celestial y manifestar en este mundo las características morales de Dios mismo. Tiene que vivir como el Señor Jesucristo, seguir sus normas e imitar su ejemplo: no sólo ha de ser distinto a los demás, ha de ser como Cristo.
La perfección no se refiere a la propia de la naturaleza divina, porque esto sería imposible, sino a la madurez de una conducta semejante a la de Cristo.¿Qué hacemos los cristianos más que los otros seres humanos?¿Qué hay en nosotros de especial? Examinemos nuestra vida  a la luz de estos textos y actuemos en consecuencia.