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La nueva espiritualidad: una credulidad increíble

Por Sugel Michelén


Nacido en un hogar no cristiano, conoció la gracia de Dios en Cristo a la edad de 17 años. Entró a estudiar para el ministerio en el 1979, y posteriormente fue enviado por la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo a la ciudad de Puerto Plata, Rep.Dominicana, a comenzar una obra allí. En 1984 regresó a su iglesia sirviendo desde entonces como parte del consejo de pastores de dicha congregación. Como parte de su ministerio pastoral, tiene la responsabilidad de exponer regularmente la palabra de Dios en el día del Señor. El pastor Michelén es casado y padre de tres hijos.

Contrario a lo que pudiera pensarse, la nuestra no es una generación irreligiosa. Como el movimiento de un péndulo que va de un extremo a otro, la postmodernidad ha dejado atrás el escepticismo característico del racionalismo de la Ilustración, para abrazar una nueva espiritualidad que no es más que un retroceso al animismo y al gnosticismo.

Habiendo sufrido el desencanto de la modernidad y su énfasis en el método científico como el único medio objetivo de obtener conocimiento, el hombre postmoderno ha volcado su nostalgia por lo trascendente hacia una gama muy variada de mercancía religiosa.

Como bien señala José María Martínez: “La cultura moderna ha producido un gran vacío espiritual y este vacío no siempre queda vacante; a menudo es ocupado por las creencias más irracionales.” De la misma manera que “el racionalismo moderno contribuyó a minar las creencias religiosas – dice Antonio Cruz –, la postmodernidad representa un retorno ingenuo a la brujería medieval. Del escepticismo radical se ha pasado a la credulidad más increíble”.

De ahí el auge de la astrología, del ocultismo, del esoterismo barato, del Feng Shui, del Yoga o de las técnicas de regresión del Dr. Brian Weiss, por citar algunos.

Por supuesto, en medio de todo este sincretismo religioso, no podía quedarse fuera la figura de nuestro Señor Jesucristo. Pero este no es el Cristo de los evangelios, sino el Cristo modelado (o más bien, remodelado) por mentes fantasiosas como las de Dan Brown en el Código Da Vinci; un Cristo “descubierto” en un sinnúmero de documentos que supuestamente la iglesia se había encargado de ocultar.

Lamentablemente muchas personas tragan gustosas este anzuelo, porque les resulta más cómodo enfrentarse con el Cristo de Dan Brown, o con tantos otros que han sido “retocados” a lo largo de la historia, que con el Cristo de la Biblia que nos llama al arrepentimiento y a creer enteramente en Él como el Hijo de Dios encarnado que vino a morir en una cruz por nuestros pecados.

La mente postmoderna, como un barco a la deriva, navega sin rumbo en el océano de la relatividad y la subjetividad, quedando a merced del oleaje en medio de esta tormenta de fantasías y a riesgo de estrellarse en el acantilado de la realidad. Razón sobrada tenía Chesterton cuando dijo que el problema de los incrédulos no es que no creen en nada, sino que son capaces de creer cualquier cosa.

Artículo publicado en el blog del autor Sugel Michelén, "Todo Pensamiento Cautivo"