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La oración modelo: El Padrenuestro (Mt 6:9-15)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Hasta aquí hemos visto que el Señor advierte que no hemos de ser como los hipócritas que oran para ser vistos por los demás. Ha dicho que muchas  repeticiones no sirven de nada, ya que por amontonar palabras no seremos más escuchados. También ha dicho que debemos orar en secreto y concentrarnos en Dios. Pero todas estas advertencias generales parece que no son suficientes, porque los discípulos de todos los tiempos necesitamos una instrucción más detallada y de ahí que pasa a dar un modelo de lo que debe ser la oración.

  1. El Padrenuestro: un modelo de oración (6:9ª)
    En el pasaje paralelo de Lucas vemos que son los discípulos los que se dirigen al Señor para pedirle que les enseñe orar. Juan el Bautista había enseñado a sus discípulos a orar. Ahora, los discípulos del Señor habían sentido la misma necesidad y por eso acuden a él para ser instruidos. No cabe duda de que esta es también nuestra necesidad porque no sabemos orar bien. Seguidamente Jesús dice: “vosotros, pues, orad así” y lo que sigue es un sumario completo de todos los principios sobre la oración. No es una oración exhaustiva para que la repitamos de memoria como loros, sino que tengamos presentes unos principios generales que nos sirvan de modelo para orar tanto en privado como en público. Lo que encontramos en el Padrenuestro es un bosquejo con unos puntos principales que luego debemos rellenar. Tomemos la oración sacerdotal de Jesús (Jn. 17) y encontraremos en ella estos mismos principios.

  1. La invocación (6:9b)
    Debe ir dirigida a nuestro Padre celestial. Al invocar a Dios como Padre deberíamos pensar en la trascendencia de estas dos palabras y hacer una pausa para recordar que vamos a relacionarnos con Dios de manera consciente y no empezar a hablar a la ligera.
    Dice Lloyd-Jones: “si uno quiere establecer contacto con Dios y sentir sus brazos alrededor, hay que ponerse la mano en la boca unos instantes ¡Recogimiento!”. En realidad sólo pueden decir “Padre nuestro” aquellos que son sus hijos, los bienaventurados del capítulo 5, por eso es una invocación para los cristianos. Fijémonos también que los discípulos en público debemos orar en plural porque ora uno como portavoz de todos y nos dirigimos a Dios el Padre y no a otras personas de la Deidad.

    A veces, hay creyentes poco versados en la oración que pasan de una persona a otra  de la Trinidad indistintamente y eso no es lo que enseñó Jesús. Oramos al Padre en nombre del Hijo y en el Espíritu Santo. Esta es la forma correcta según la enseñanza general de las Escrituras. La frase siguiente “que estás en los cielos” deba tomarse juntamente con la primera porque indica la clase de Padre que tenemos. El apóstol Pablo empieza algunas de sus cartas con la frase “el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”, un Padre maravilloso que está en los cielos,  frase que indica que está ahí con toda su majestad, su grandeza y poder absoluto.
    Nosotros estamos en la tierra llenos de debilidad y de humildad para caer de rodillas ante él reconociendo que todas las cosas están desnudas y abiertas a sus ojos a quien tenemos que dar cuenta. Al invocarle recordemos su santidad y justicia, al acercarnos a él hagámoslo con temor y reverencia, porque nuestro Dios es fuego consumidor. Antes de formular cualquier petición debemos ser conscientes de que estamos en la presencia de un ser que es Dios, pero también es nuestro Padre.

  1. Las peticiones (6:9c-13)
    No vamos a discutir si son seis o si son siete, ya que depende de sí en el v. 13 vemos una o dos peticiones. Nos interesa más percibir el orden en que se presentan:

    1. Las peticiones referentes a Dios y su gloria. Son las tres primeras. Notemos que en estas peticiones Dios ocupa el primer lugar y no nosotros. La proporción es digna de tener en cuenta: la primera mitad se refieren a Dios y la otra mitad se ocupa de nuestras  necesidades y problemas personales. Algún comentarista ha querido ver en esto un simbolismo numérico, las tres primeras simbolizarían la Trinidad y las cuatro últimas el mundo de los hombres, pero esto sería alegorizar el texto y no es correcto. Sin embargo, una cosa es cierta, nuestras oraciones deben empezar siempre en Dios y terminar en nosotros, nunca al revés  por más acuciantes que sean las circunstancias. Por eso la primera petición es que su nombre sea santificado.

      Cuando oramos así estamos expresando el deseo de que Dios mismo sea reverenciado y todo lo que denota y representa el nombre, su mismo carácter y atributos, sea honrado entre los hombres, sea tenido por santo en todo el mundo. Dios había revelado su naturaleza con distintos nombres y es tan inefable que uno solo no expresa toda su grandeza y gloria. Esta petición encierra  el deseo de que Dios pueda ser conocido, honrado y glorificado por  todos los hombres en toda la extensión de su nombre. Es una petición evangelizadora.  La segunda petición, “venga tu reino” sigue lógicamente a la anterior porque nos recuerda que su nombre no es santificado por todos los hombres porque en este mundo hay un reino de tinieblas que está enfrentado al reino de Dios. Vivimos en un mundo pecador que excluye a Dios de su vida, por eso debemos pedir que el reino que ha venido en Jesucristo y al que los cristianos pertenecemos se manifieste plenamente en su consumación final para terminar con al situación de pecado en el mundo.


      Es un reino que vino con el Señor, está  aquí en los corazones y vidas de los que se someten a él y está viniendo para su manifestación última al final de los tiempos. El reino de Dios está presente en la Iglesia, pero todavía no ha llegado el día en que se establecerá en plenitud en este mundo. Cuando hacemos esta oración  estamos pidiendo por el éxito del evangelio. La tercera petición, “hágase tu voluntad como en el cielo también en la tierra” es la consecuencia lógica de las otras dos.

      En el cielo, la voluntad de Dios se cumple perfectamente, pero en la tierra no es así, por eso debemos orar, ya que no se cumplirá hasta que venga el reino de Dios y se establezca en la tierra  y entonces  su nombre será santificado por todos. Cuanto esto ocurra la voluntad  de Dios será hecha también en la tierra y habrá cielos nuevos y tierra nueva.

    2. Las peticiones referentes  a nuestras necesidades.
      Las tres peticiones reflejan toda nuestra vida: necesidades físicas, mentales y espirituales que afectan al cuerpo, el alma y el espíritu.

      La primera, “el pan nuestro de cada día dánoslo hoy”, es pedir todo lo suficiente y necesario para cada día. El pan es el sostén del día y no deberíamos limitarlo a la alimentación. Tiene como fin abarcar todas nuestras necesidades materiales, todo lo que precisamos para vivir en este mundo.
      Lo más maravilloso que se desprende de esta frase es que el Dios Creador y Señor del universo está dispuesto a atender nuestras necesidades incluso en los detalles más pequeños como el pan cotidiano. Debemos pedir solamente por las necesidades absolutas, quedando excluidos los lujos y la superabundancia. Si Dios nos lo diera de golpe, nos olvidaríamos de  él porque ya estarían cubiertas nuestras necesidades, por eso hay que pedirle cada día, ya que nos recuerda nuestra dependencia de él.

      La segunda petición “perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores” requiere todo un sermón. Como en el original el verbo está en aoristo (pretérito indefinido) es mejor  traducir “hemos perdonado” que “perdonamos”. Algunos piensan que el cristiano no necesita perdón porque ya ha sido perdonado y otros porque creen que son perfectos. Pero aquí dice todo lo contrario y 1 Jn. 1:8-2:1 lo corrobora.
      Debemos confesar  mis pecados y esto no se refiere a los inconversos, sino a los que tienen a Dios por Padre. Fijémonos que el texto NO dice: “perdónanos porque nosotros perdonamos”. El perdón de Dios siempre es por gracia, pero como ocurre con la parábola de los dos deudores (Mt. 18:23-35) significa que la prueba de que hemos recibido el perdón es que hemos perdonado a otros. ¿Cómo podemos negar el perdón a otro cuando a nosotros se nos ha perdonado tanto?

      La tercera petición, “no nos metas en prueba, mas líbranos del mal”, es preferible leer “en prueba” porque “tentar”en castellano tiene sentido negativo, mientras que πειραξω peirazo (probar) implica el propósito de fortalecer la virtud. Además, según Santiago, Dios no tienta a nadie, sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido (Stg. 1:13). En el caso de Job, Dios permitió la tentación de Satanás para probar al patriarca. Por eso añade Jesús. “líbranos del mal o del maligno”.


Conclusión
Las palabras con que se cierra la oración, “porque tuyo es el reino, el poder y la gloria” nos han sido transmitidas de diversas formas, pero están ausentes de los manuscritos más antiguos y fidedignos (א y β) y quizás fueron añadidas sobre la base de 1 Cr. 29:11-13 para adaptar la oración a la liturgia de la iglesia primitiva y luego fueron introducidas en algunas copias. Aparte de esto, deberíamos hacer un esfuerzo para adecuar nuestra manera de orar a la oración modelo Jesús y corregir algunas formas y contenidos que están lejos de la enseñanza del Señor.