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La importancia de decir siempre la verdad (Mt 5:33-37)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Este párrafo es la cuarta ilustración relativa a la enseñanza de Jesús sobre el reino y la ley de Dios.
No es exclusiva del evangelio, ya que inspirados en ella los escritores del NT la recogen también en las epístolas y quizás el texto que viene a resumir y justificar el título de esta exposición es el de Pablo en Ef. 4:25.
Como hace en los ejemplos anteriores, Jesús, en el v. 33 se refiere a la interpretación  que hacían los fariseos de algunos textos del AT, porque literalmente estas palabras no se encuentran en ningún versículo de la ley. Lo que hicieron escribas y fariseos fue desprender algunas afirmaciones del AT y reelaborarlas convirtiéndolas en  prescripciones legales enseñándolas al pueblo.

1. La enseñanza de la ley mosaica (Ex. 20:7, Dt. 6:13, Lv. 19:12)

Los escribas y fariseos estaban familiarizados con estos textos y habían deducido de ellos que “no perjurarás, sino cumplirás al señor tus juramentos” (v. 33). Jesús corrige esta enseñanza sustituyéndola por la verdadera y así demuestra cual es el genuino significado de la ley de Dios.

    1. ¿Cuál es el propósito de estas afirmaciones de la ley? La respuesta es que Dios quería frenar la tendencia propia  del ser humano de mentir como consecuencia de la entrada del pecado en el mundo. Una lectura de los primeros capítulos de la Biblia nos muestra que el pueblo se inclinaba  frecuentemente a mentirse unos a otros. De ahí que la gente no pudiera confiar en su prójimo, volviéndose la vida caótica. Es el mismo caso que vemos en el divorcio por cualquier causa y era necesario regularlo.
    2. La legislación mosaica restringía los juramentos a asuntos graves. La tendencia  general del pueblo era jurar por las cosas más triviales e insignificantes. Por el más mínimo pretexto juraban en nombre de Dios. Había que acabar, pues, con estos juramentos hechos a la ligera y demostrar que hacer un juramento era algo muy grave,  reservado sólo para las cosas que encerraban una importancia especial para la persona o para la nación.
    3. La interpretación de los fariseos de la ley mosaica (v.33). Lo que se desprende de las palabras de Jesús es que los fariseos tenían una actitud legalista. Estaban convencidos que lo importante era cumplir con la letra de la ley, reduciendo el conjunto de estas enseñanzas al solo hecho de no perjurar, que para ellos era lo más grave. Sin embargo, cualquiera podía hacer toda clase de juramentos sin caer en el perjurio, convirtiendo las afirmaciones de la ley en legalismo. Éste sigue estando presente en la iglesia,  donde se manifiesta   en personas muy religiosas que se inclinan  más por las prohibiciones que por los aspectos y actitudes enseñados por la Palabra de Dios. Otra característica era la distinción entre varios juramentos diciendo que unos obligaban y otros no (Mt. 23:16-22).

2. La enseñanza negativa de Jesús sobre los juramentos (vv. 24-36)
Como en las ilustraciones anteriores, Cristo usa el mismo contraste: “pero yo os digo”, señalando  su autoridad  divina sobre la interpretación humana y legalista.

    1. ¿No debemos jurar en ninguna manera? Algunos han interpretado que el cristiano jamás debe jurar, ni siquiera delante de un tribunal, como por ejemplo, los cuáqueros. Sin  embargo, no debemos pensar que las palabras de Jesús tengan que ver con los juramentos en un juicio público. Si admitimos este significado, sin querer nos colocamos en el lugar de los fariseos al interpretarlo de manera legalista.
    2. ¿Cómo entender la negativa de Jesús? Como ocurre con otros textos, hemos de buscar la enseñanza global de las Escrituras. En el AT Dios estableció leyes referentes a los juramentos. ¿Hubiera dado Dios instrucciones si no quería que su pueblo jurara nunca? (Lv. 19:12). Además lo vemos también en la práctica: Abraham exigió el juramento a su siervo (Gn. 24:3). El pueblo juró a instancias del profeta Azarías y el rey Asa (2 Cr. 15:14). El que por mantenerse firme jura en prejuicio propio (Sal. 15:4). En el NT, los apóstoles que habían recibido este mandato del Señor, juran: Pablo en Ro. 9:1, 2 Co. 1:23, el autor de la carta a los Hebreos 6:16 e incluso Dios mismo ha jurado (He. 6:17-18). A la luz de estos pasajes y otros que podríamos aportar, entender que hay una prohibición tajante y absoluta en las palabras de Jesús no parece que sea la mejor interpretación. la conclusión más objetiva es que realmente no se anima a los hijos de Dios a estar jurando continuamente, sino que hay restricciones para los juramentos. Sin embargo, en ciertas ocasiones solemnes y especiales, no sólo es lícito jurar, sino que  además añade a la palabra empeñada una autoridad que de otro modo carecería.

3. La enseñanza positiva de Jesús sobre los juramentos (vv. 34-37)
Podemos obtenerla incluso de los aspectos que se desprenden de la parte negativa de estos versículos y de la misma ley, ya que entraña una serie de orientaciones prácticas:

    1. Usar el nombre de Dios correctamente. La prohibición de emplearlo para maldecir o blasfemar, que es común en los incrédulos, es clara. El nombre sagrado de Dios tiene que ser usado con respeto y mucho más cuando se trata de un juramento solemne en un tribunal o en otras circunstancias como la  firma de una declaración jurada.
    2. No jurar por un lugar o por una persona. Aquí Jesús se refiere a no jurar por el cielo, la tierra, Jerusalén o por nuestra cabeza. La razón de ello es que todo pertenece a Dios y no tiene sentido este tipo de juramento. Según se desprende de estas palabras, era obvio que los escribas y fariseos hacían una serie de distinciones y juraban de este modo para dar mayor validez a su palabra, según por lo que juraran. El cielo era el trono de Dios y para ellos revestía mayor importancia, la tierra era el estrado de sus pies y el juramento tenía menos calado; Jerusalén era una ciudad hecha por los hombres, pero era la ciudad del gran Rey; de la cabeza de uno no se podía cambiar el color del cabello. Todas estas cosas están bajo la autoridad exclusiva del Señor.      
       
    3. Es innecesario jurar en una conversación ordinaria. Estar metidos en una controversia y emplear el juramento para dar credibilidad a las palabras es algo que nunca debemos hacer. Nuestra responsabilidad es decir siempre la verdad en las conversaciones normales (v. 37). Exagerar con juramentos indicaría una procedencia satánica, porque el maligno es el padre de mentira. El énfasis de Jesús se coloca en el hecho de que los cristianos siempre deben ser veraces en sus tratos con sus semejantes, eliminando así la necesidad de los juramentos. En la ética del reino proclamada por Jesús, la veracidad ha de quedar asegurada, no por medio de los juramentos como hacían los fariseos, sino por la integridad del que ha nacido de nuevo. El juramento, por naturaleza implica que el que lo pronuncia debe recurrir a él porque habitualmente suele mentir y no es digno de confianza. Por lo tanto, en el reino de Dios, donde no tiene cabida la mentira como algo habitual, el juramento es totalmente innecesario.
Conclusión

La mentira y el engaño por una parte y la sinceridad transparente por otra, pertenecen a dos estilos de vida opuestos: el primero a nuestra sociedad y el segundo  a la comunidad de los redimidos.

Claro que la sinceridad no significa franqueza brutal, ni crueldad en nombre de la verdad, porque entre los seguidores de Jesús, la verdad se habla con amor. El ejemplo lo tenemos en Jesús de quien leemos “que no se halló engaño en su boca” (1 P. 2:22)