Pedro Puigvert

Anciano de la Asamblea de Hermanos de Barcelona Av. Mistral, 85-87 es Presidente y profesor del CEEB en donde enseña Hermenéutica Bíblica, Teología Sistemática (Bibliología, Cristología y Escatología) y Catolicismo Romano. Director de la revista de orientación bibliográfica Síntesis y colaborador de Edificación Cristiana". Diplomado en Teología por el Centro Evangélico de Estudios Bíblicos (CEEB) es también Bachiller en Ciencias Bíblicas por el Centro de Investigaciones Bíblicas (CEIBI). Ha sido Presidente de la Alianza Evangélica Española; del Consell Evangèlic de Catalunya y Secretario General de la Unión Bíblica durante treinta años.
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Al formular la pregunta en presente estamos situándola en el marco de la escatología
personal y pensando quizá en un lugar, o en un estado, al cual van a parar las almas de
los que mueren sin Cristo en el período intermedio. Pero la Biblia, tiene para este caso
los términos "Seol y Hades", mientras que "infierno" se reserva para el estado eterno.
Como dice el teólogo Hans Bietenhard: "Desde el punto de vista del NT el infierno
como lugar de tormento aparece solo después del juicio final. Pero como consecuencia
de la irrupción de ideas extrabíblicas en la doctrina cristiana, la metafísica atemporal
sustituyó a la escatología: el lugar futuro de tormento se convirtió en el del más allá: el
alma inmortal recibe inmediatamente tras la muerte su sentencia y, en caso de ser
hallada culpable, el castigo comienza enseguida. Tarea de la predicación será, por tanto,
aclarar el contenido de los conceptos bíblicos en contra de todos los disparates
tradicionales; deberá mostrar, ante todo, que en la Biblia son cosas distintas
Por eso propongo para empezar un cambio en la formulación de la pregunta modificando el presente por el futuro del verbo ¿Existirá el infierno? Independientemente que exista en la mente y el propósito de Dios, el infierno como lugar de tormento para los impíos es la contrapartida de los cielos nuevos y la tierra nueva como lugar eterno de bienaventuranza para los justos. La confusión entre estado intermedio y estado eterno en relación al infierno está fomentada por traducciones católicas de la Biblia que vierten Mt. 16:18b "y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella", mientras el griego tiene Hades; así como el Credo Apostólico que dice de Cristo que "descendió a los infiernos" una referencia errónea a Ef. 4:9 (el griego dice katoteros) y quizá a 1 P. 3:19. Influido por el Credo y por Joachim Jeremías, el jesuíta Cándido Pozo dice "que tenemos que hacer una salvedad de textos, como Luc. 16:19- 31, que afirman la existencia de auténtico infierno ya en la escatología intermedia" (2). El argumento empleado es que Lucas usa Hades en lugar de Gehenna y de esto extrae que ambos términos son intercambiables, cuando la distinción es precisamente lo significativo y no la identificación.
Gehenna es la palabra griega que se traduce por infierno. No aparece en la Septuaginta
ni en la literatura griega. Se trata de una grecización del arameo gehinnam que, a su vez,
procede del hebreo gehinnom. El término se refería originariamente a un valle al sur de
Jerusalén, el "valle del hijo
No es extraño que con todas estas ideas fuera
considerado como un símbolo del castigo eterno y como veremos más adelante, Jesús
usó esta expresión para referirse a la condenación eterna de los impíos.
En el judaísmo encontramos otro término que sin ser sinónimo de Gehenna, expresa un
lugar especial de terror, donde permanecen actualmente los demonios, una especie de
cárcel a la espera de ser lanzados definitivamente en el infierno. Se trata del término
griego ábyssos que significa abismo. Aparece unas 25 veces en la Septuaginta, casi
siempre traduciendo el hebreo tehom que viene a designar, entre otras acepciones, el
interior de la tierra, donde se hallan los cadáveres que contaminan, así como la cárcel
para los espíritus caídos. En el NT es la cárcel de los demonios (Lc. 8:31, Ap. 9:1). De
su interior sale humo (Ap. 9:2) y sus moradores tienen por rey a Abadón o Apolión que
significa destructor y parece ser un individuo distinto de Satanás, según unos, o el
mismo diablo según otros. Del abismo surge la bestia -anticristo- (Ap. 11:7, 17:8), y allí
se encuentra también arrojado Satanás durante el milenio (Ap. 20:1,3). Como sinónimo
de abismo tenemos el término tártaro, que ha sido traducido erróneamente por infierno
en RVR60 (2 P. 2:4)) ya que según la mitología griega se consideraba la parte más baja
de la ultratumba al que eran condenados los enemigos de los dioses.
Los Padres de la Iglesia siguieron, por regla general, las fórmulas novotestamentarias sobre el infierno aunque hubo excepciones, como por ejemplo, Orígenes. 3.1. El aterminismo. Es el sistema de Orígenes y se conoce con este nombre porque concibe la apocatástasis (restauración) no como el fin, sino como un nuevo comienzo. Esta teoría niega la eternidad del infierno y lo concibe como purificación y conversión personal del condenado lo que implica su salvación. Sin embargo, difiere del universalismo porque, según Orígenes, después de la apocatástasis hay nuevas separaciones de Dios y, con ellas, el comienzo de un nuevo ciclo. Orígenes concibe las penas del infierno como pedagógicas e interpreta las expresiones del NT que hablan de eternidad como meras amenazas, o sea, sería la manera como se tiene que explicar a la gente con el propósito de que se abstenga de pecar: "pero las cosas que se podrían decir sobre esto, ni conviene explicarlas a todos, ni el tiempo presente pide que se haga" (4). Y el verdadero sabio cristiano "sabe que esas penas, aunque sean terribles y hayan de durar por largo tiempo, se encaminan a sanar y han de tener fin" (5). Esta posición de Orígenes fue condenada en el Sínodo del año 543 y Agustín de Hipona rechazó la teoría de la "amenaza" diciendo que "las palabras del Señor sobre la vida eterna no deberían tomarse en sentido estricto si las que hablan de suplicio eterno no se toman estrictamente" (6).
Se conoce también como condicionalismo porque la pervivencia eterna depende de una condición, la del estado de justicia del hombre al morir. Los impíos serían aniquilados o simplemente (negación total de la existencia del infierno) o mediante un infierno temporal. Esta es la postura de los gnósticos, según los cuales se dará al final, por medio del fuego, la aniquilación de los hombres hílicos y de aquellos hombres psíquicos que no hayan querido ser salvados por Cristo. Esta teoría influyó al apologeta Arnobio del siglo IV, el cual pensaba que las almas humanas son mortales por su naturaleza y que solo los justos recibían inmortalidad por gracia, por esto, después de la muerte primera, que es la separación del alma del cuerpo, se seguiría la muerte segunda para los impíos, la cual sería una verdadera aniquilación que estaría producida por el fuego después de un tiempo muy prolongado de tormento (7). En el siglo XVI defendieron esta doctrina los socinianos y más tarde lo hicieron algunos teólogos liberales e incluso ha aparecido actualmente en algunos teólogos católicos. Sin embargo, la máxima negación del infierno sosteniendo la doctrina aniquilacionista se halla hoy en día en las sectas adventista y Testigos de Jehová. Según unos adventistas, los impíos resucitarán al final del reino milenarista para recibir la sentencia de aniquilación (no de condenación); para otros, los impíos serán aniquilados para toda la eternidad ya en el momento de su muerte. Para los Testigos de Jehová, habrá un milenio en el que todos resucitarán para ser sometidos a una prueba última y definitiva; el pequeño grupo de endurecidos o malvados que no la supere será entregado a la aniquilación natural, juntamente con Satanás y sus demonios.
Cree que la doctrina del infierno y el castigo eterno son contrarios al concepto de un Dios amante y misericordioso, de manera que finalmente todo el mundo será salvo, porque el infierno o es temporal y tiene sentido purificador o simplemente no existe. Se conoce también con el nombre de apocatástasis, pero no tiene nada que ver con este término tal como aparece en Hch. 3:21 porque este trata de la restauración universal en la parusía. Fueron universalistas los Padres de la Iglesia Dídimo de Alejandría y Gregorio de Nisa, los cuales conciben el infierno como una especie de purgatorio donde se sufre una pena purificadora, por la que todos serán conducidos a la salvación. El traductor de la Vulgata, Jerónimo, fue durante un tiempo de esta opinión, pero después la atacó fuertemente. Los albigenses eran universalistas en el sentido de que creían en la purificación de las almas en reencarnaciones sucesivas, hasta que se consiga la salvación de todas; además, negaban la existencia del infierno mismo. En el siglo XVI, el universalismo fue sostenido por algunos anabaptistas y en el siglo pasado por bastantes teólogos liberales, siendo Schleiermacher uno de los que más contribuyó a su difusión. En siglo XX, fue sustentaba por W. Michaelis, mientras que Karl Barth sostiene una postura indulgente, al decir que no se puede excluir su posibilidad.
Lejos de ser una doctrina extraña, el NT insiste ampliamente en ella, aunque justo es decirlo, hay más referencias al estado final de los salvados que al de los condenados. Empezando por Juan el Bautista, siguiendo por Jesús y terminando por los apóstoles, en sus páginas no hay duda alguna de la existencia del infierno como un lugar destinado a los impíos después del juicio final. Curiosamente, quien más veces se refirió al infierno fue el Señor Jesucristo: "El hecho de que el amoroso y sabio Salvador tenga más que decir respecto al infierno que cualquier otro individuo, es ciertamente causa de seria consideración" (8).
El precursor del Mesías, predicando un mensaje poderoso conmocionó a todo Israel con el anuncio del juicio escatológico con la mención del infierno a través de las figuras de ser echado en el fuego y de ser quemado en fuego que nunca se apagará (Mt. 3:10-12 y pp.). En estas expresiones que aluden, sin duda, a Is. 66:24, Juan tiene presente los dos planos habituales en el NT: por un lado están los tiempos mesiánicos de la inauguración en que aparece el Ungido y por el otro el de la consumación escatológica. La figura del fuego denota un castigo durísimo de aflicción para el impío y aparece en otros contextos (Is. 33:14, Mt. 5:22, 13:40, 42,50, 18:8-9, 25:41, Mr. 9:43-48, Lc. 3:17, 16:19-31, Jud. 7, Ap. 14:10, 19:20, 20:10, 14,15, 21:8) e incluye el estado intermedio donde el sufrimiento es solo del alma, además del estado eterno, donde tiene un carácter inextinguible, es decir, consume eternamente cuerpo y alma.
Empezando por el sermón del monte, hallamos tres referencias de Jesús al infierno usando el término gehenna (Mt. 5:22, 29-30). En estos versículos, Jesús se refiere al infierno de manera inequívoca como un lugar de tormento en el que sufre la persona entera, cuerpo y alma. Otro texto que muestra que los padecimientos del infierno comprenden tanto el cuerpo como el alma es Mt. 10:28 y, por tanto, presupone la resurrección del cuerpo. Pero aquí se usa el término apolésai (destruir) que necesita ser explicado porque ha dado origen a la teoría de la aniquilación. El verbo apollymi se traduce comúnmente por "destruir" o "arruinar"; y en la voz pasiva por "perderse" o "perecer". Los que se oponen a la doctrina del castigo eterno, como los adventistas y los Testigos de Jehová, señalan que cuando se refiere a los malvados significa aniquilar o borrar de la existencia. Sin embargo, los eruditos en griego coinciden en que apollymi en el Nuevo Testamento nunca significa aniquilación cuando se aplica a otras cosas y por eso debería traducirse por "arruinar" porque la idea que comunica no es la de extinción sino de ruina; no del ser, sino del bienestar. A veces se usa simplemente para "estar perdido", como por ejemplo, en la parábola en tres secuencias de Lucas 15 en que se designa a la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo perdido. Pero también se usa para significar "volverse inútil", como en Mt. 9:17 que prueba lo que sucede con los odres de vino viejos cuando se echa en ellos vino nuevo, los odres se pierden, o sea, se vuelven inútiles. En otras ocasiones se utiliza para decir "matar", como en Mt. 2:13. Aunque este texto se refiere al intento de Herodes de matar a Jesús, ¿matar y aniquilar es lo mismo? Evidentemente no, porque Mt. 10:28 enseña que quienes matan el cuerpo el alma no pueden matar, por lo que la aniquilación es imposible. Si queremos ser todavía más precisos, cuando se mata un cuerpo tampoco se aniquila porque la materia se transforma. Otros textos corroboran los versículos que hemos tomado como evidencia ( 1 P. 1:7, Mt. 8:25, 18:14, 22:7, 27:20, Lc. 13:3,5, Jn. 3:16, 10:28, 17:12, Ro. 2:12, 1 Co. 15:18, 2 Co. 2:15, 4:3, 2 Ts. 2:10, Stg. 4.12, 2 P. 2:1 3:9,16). Después de comprobar que apollymi no significa aniquilación cuando se usa en otros casos, tampoco cabe esperar que signifique aniquilación cuando se utiliza para describir el destino final de los malvados, sino que por los versículos citados anteriormente significa perdición eterna de la comunión con Dios y al mismo tiempo un estado de tormento y pena sin fin. Una referencia adicional al hecho de que el castigo del infierno es eterno, la tenemos en Mr. 9:43 porque dice que el fuego nunca puede ser apagado y en el v. 48 que el gusano de ellos no muere y el fuego nunca se apaga (cf. Mt.25:41). Estas palabras nos transmiten una imagen de angustia y tormento internos simbolizados por el gusano y la llama que no cesan. Otra imagen la tenemos en Mt. 13:41-42 en el llanto y el crujir de dientes para referirse a la amargura del remordimiento y la desesperada condenación. Jesús se refirió también al infierno como las tinieblas de afuera (Mt. 8:12, 22:13,25:30) una metáfora que indica el aislamiento de los perdidos y su separación de la comunión con Dios. El que figuradamente se empleen expresiones contrapuestas como fuego y tinieblas, no quiere decir que sean excluyentes, sino dos formas distintas de comparar el estado final terrible del impío. En cuanto a la duración del castigo, en Mt. 25:46 se sirve del mismo adjetivo, tanto para los malditos destinados al fuego preparado para Satanás y sus ángeles, como para los justos la vida: aionion (eterno/a). El término aionios tiene en todos los textos del NT, el significado de "sin fin" a excepción de Ro. 16:25, 2 Ti. 1:9 y Tit. 1:2 que significa "sin comienzo". El texto dice de Dios que es eterno (Ro. 16:26) y de los creyentes que tienen vida eterna, una bienaventuranza futura sin fin dada por Cristo mismo (Jn. 10:28, cf.2 Ti. 2:10, He. 9:12,15 entre otros muchos textos). Si aceptamos que esta palabra tiene el significado “sin fin” cuando se trata de los creyentes, salvo que haya alguna evidencia en contra en el contexto, también significa “sin fin” cuando se aplica a los que están destinados a la condenación del infierno (cf.2 Ts. 1:9). Este argumento destruye las concepciones temporales: aterminista, aniquilacionista y universalista sobre el infierno. La enseñanza de Jesucristo sobre el infierno implica también separación entre justos e impíos con un destino diferente, un trabajo que realizarán los ángeles (Mt. 13:49), mientras Cristo estará sentado en el trono como Juez (Mt. 25:32), siendo apartados los impíos (Mt. 25:41) porque nunca fueron conocidos por él (Mt. 7:23). Mientas el siervo fiel entra en el gozo de su señor (Mt. 25:21) el siervo inútil es arrojado a las tinieblas de afuera (Mt. 25:30). Al ser todas estas fórmulas de exclusión absoluta, hace inadmisible toda idea de apocatástasis, es decir, como si la exclusión tuviera un final con la posibilidad de que todos se salven.
Uno de los textos paulinos más claros es, sin duda, 2 Ts. 1:7-9. De este pasaje destacamos las palabras griegas olethron aionon (eterna perdición). Olethros no puede referirse nunca a aniquilación porque no tendría sentido al ir acompañado del adjetivo eterna. Generalmente se traduce por destrucción o ruina y es sinónimo de "muerte" (1 Co. 5:5). En 1 Ti. 6:9 se usa como paralelo de apoleia (perdición cf. más arriba apollymi). Por tanto, 2 Ts. 1:9 solamente puede significar la ruina eterna o el castigo sin fin con exclusión de la presencia del Señor. Aunque no cite expresamente el infierno, Pablo se refiere al juicio de Dios en el día de la ira, la cual sufrirán todos los que hacen lo malo, un sufrimiento expresado con términos que son un eco de los que encontramos en los evangelios, como por ejemplo, tribulación y angustia (Ro. 2:5-9). Además en Ro. 2:12 encontramos la palabra apolountai (perecerán) una forma de apollymi (arruinar) utilizada para mostrar la eterna perdición de los anómos (sin ley). El autor de la carta a los Hebreos se refiere al castigo de aquellos que desprecian al Hijo de Dios y tienen por inmunda la sangre el pacto (10:29-31). Es cierto que no se menciona la duración de este castigo sino solamente que merece ser castigado. Sin embargo, después de instar a los destinatarios de la carta a vivir con toda fidelidad, ante la persecución que sufrían, les dice en el v. 39: nosotros no somos de los que retroceden para perdición (apoletan), sustantivo cuyo significado hemos visto anteriormente en su forma verbal. También en las cartas apostólicas de Pedro y Judas hallamos referencias al destino de los falsos maestros (2 P. 2:17 y Jud. 13). En ambos casos la figura empleada nos recuerda las palabras de Jesús sobre las tinieblas de afuera, aunque Pedro dice densa oscuridad y Judas oscuridad de las tinieblas. Los dos textos mencionan específicamente la duración del castigo: reservada para siempre (Pedro) y reservada eternamente, que se inspira en el castigo de Sodoma y Gomorra (Jud. 7). En el mismo sentido de duración se expresa Juan en su revelación de Ap. 14:11, haciendo mención del humo del tormento que sube por los siglos de los siglos (eis aionas aionon). Esta expresión significa eternidad en sentido estricto sin la menor duda. En su origen, la palabra aion (siglo) significaba eternidad, pero con el uso se atenuó dicho sentido, reduciéndolo a una duración larga, pero para devolverle el sentido primero se recurrió al procedimiento de usar la palabra en plural: por los siglos. Otras veces, para devolverle su sentido fuerte, se emplea la fórmula de duplicarla, siendo un hebraísmo: por el siglo del siglo. En este texto se usa el plural y el duplicado, lo que subraya de la manera más fuerte posible su sentido de eternidad. Finalmente en Ap. 21:8 tenemos otra declaración del castigo de los perdidos, con la imagen del lago de fuego ya descrita en Ap., 20:10,14- 15. Pero además, el fin de los malvados se define como la muerte segunda, una frase que en este libro se usa para designar el castigo eterno.
Después de haber examinado la enseñanza bíblica, si somos consecuentes con el testimonio de las Escrituras, no tenemos otra opción que creer en la existencia del infierno y el castigo eterno de los perdidos después del juicio final, aunque en el estado intermedio, los que pasan a la eternidad sin Cristo de alguna manera anticipan los tormentos del infierno aunque no de forma plena porque están incompletos ya que solo su alma-espíritu se halla en el Hades a la espera de la resurrección del cuerpo. También hemos comprobado como las diversas imágenes que describen el castigo del infierno deben ser entendidas figuradamente y no literalmente. En cuanto a la utilidad de esta doctrina, independientemente de la verdad que encierra, añade una nota de seriedad a nuestra predicación y enseñanza bíblica, a pesar ser muy doloroso tener que admitir que familiares y amigos nuestros que no quieren saber de Cristo, tendrán que sufrir las penas de los condenados. Pero no podemos prescindir de una parte del consejo de Dios, sino ser fieles a todo lo que la Biblia enseña. Esto debe motivarnos mucho más a la tarea de evangelizar y si cabe con mayor urgencia, porque si muchos pasan cada día a la eternidad, y no han escuchado el evangelio ni han creído en Cristo se perderán. Por tanto, deberíamos estar ansiosos por anunciarles el mensaje de salvación.
NOTAS(1) Bietenhard, Hans. Diccionario Teológico del N.T. Vol II. (Salamanca: Sígueme 1971) p. 351.
(2) Pozo, Cándido. Teología del más allá. (Madrid: BAC 1992) p. 432.
(3) Jeremías, Joachim. Diccionario Teológico del N. T. citado por Hoekema, Antony, La Biblia y el Futuro. (Grand Rapids, Michigan: Subcomisión de literatura cristiana 1984) p. 300.
(4) Contra Celsum 6:26.
(5) Contra Celsum 3:79.
(6) La ciudad de Dios 21:23.
(7) Contra las naciones 2:14.
(8) Buis, citado por Hoekema Antony, La Biblia y el futuro (Grand Rapids, Michigan:Subcomisión de literatura cristiana. 1984) p. 300.
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