3- PREPARANDO A LA IGLESIA PARA LA TAREA por Jaume Llenas

 

 

Jaume Llenas Marín es abogado y Secretario General de la "Alianza Evangélica Española". Esta es la tercera de las tres conferencias que pronunció en las "Conferencias de las Asambleas de Hermanos de Catalunya" en Diciembre de 2005.

 

    Una nueva mirada a la iglesia: ¿Qué está Dios queriendo hacer?

Quisiera llevaros a preguntar por el propósito de Dios en y a través de su Iglesia. Si queremos ser discípulos globales y queremos hacer discípulos globales de Cristo, es vital que tengamos una nueva perspectiva de lo que Él quiere para su Iglesia.

Una de las frases más atractivas de la película “La pasión de Cristo” se produce en el momento en que el personaje de Jesús cae bajo el peso de la cruz en su camino al calvario. María, en ese momento, recuerda como Jesús teniendo unos 12 años se cayó en una de las calles de Nazaret, y se acordó de cómo ella corrió hasta él para levantarle del suelo. Ahora ella también corre a levantarlo y Él clava la vista en sus ojos y le dice con gran intensidad: “Madre, mira como hago nuevas todas las cosas”. La frase no fue dicha en este contexto, sino que proviene de Apocalipsis 21:5, pero es evidente que la frase tiene que ver con lo que Jesús consiguió en la cruz del calvario. Todas las cosas son hechas nuevas, toda la creación, no alguna parte de ella. Esto se cumplirá plenamente cuando Jesús regrese, pero ya ha comenzado.

Esto es lo maravilloso y lo glorioso del plan de Dios en Cristo, que no es una salvación parcial, no una solución provisional, sino definitiva, de una vez por todas, completamente suficiente, un sacrificio que rescata y promete la renovación de todas las cosas. Por eso Pablo puede escribir a los esclavos en Colosenses 3:23 y decirles: Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres. Como Dios tiene el propósito fijo, que se cumplirá, de renovar todas las cosas, todo es importante para el Creador. Todo fue creado por Él y para Él, y por eso Él desea que todas las cosas sean reconciliadas con Él. 

El Señor Jesús vino a morir en nuestro lugar para salvarnos de la ira de un Padre justo y amoroso. Vino a quitar todo el pecado del mundo y a vencer a la muerte y a Satanás. Pero es tan cierto como esto que vino para darnos vida abundante, y la vida abundante no es una cosa etérea, algo desencarnado, sin referencia a las realidades de cada día que vivimos en la carne. Vida abundante tiene que ver con la vida que vivimos como seres humanos aquí en la tierra. Involucra hacer las cosas que hacemos cada día como algo lleno de propósito, como algo intencional en el plan de Dios.

Entonces el desafío que tenemos como iglesias del siglo XXI no es el desafío de un conjunto de nuevos programas y de nuevas actividades, sino que nuestro desafío debe ser el descubrimiento de un cristianismo global. Con ello quiero decir un cristianismo que afecte a todas las áreas de nuestra existencia, que no sea parcial, que afecte a todas las cosas y no sólo a una parte de ellas. El tema central, el corazón de lo que decimos y hacemos no deben ser programas, sino una forma de comportarnos, no actividades sino valores.

Una de las razones por las que los cristianos han perdido la confianza para compartir el evangelio es porque realmente no creen que éste tenga que ver con las realidades del día a día. Si el evangelio no nos hace ser diferentes en la forma en la que vivimos nuestra experiencia de cada día, si lo único que tengo para ofrecerles a mis compañeros de trabajo o de tiempo libre es una forma de pasar el tiempo libre, un culto dominical al que hay que asistir, eso es muy poco atrayente y no es relevante para nadie hoy en día.
Este tipo de cristianismo es una caricatura de la cultura contemporánea, que vive para el próximo fin de semana o para el próximo partido de fútbol, el próximo programa de TV, el próximo compromiso o el próximo teléfono móvil. El consumismo lo único que pretende es un nuevo momento de especial intensidad. Sólo así puede explicarse algunos fenómenos de la cultura occidental como los deportes de aventura o la afición por las relaciones amorosas de corto tiempo, cambiantes constantemente. La gente lo que busca hoy es la descarga de adrenalina, lo que se conoce como el subidón.

Ante este contexto el cristianismo presenta una perspectiva que tiene un futuro, siempre lo mejor para un cristiano está en el futuro, pero por la gracia de Dios, ese futuro transforma completamente el presente. Los enemigos son transformados en gente a la que amamos, los jefes son transformados en alguien a quien debemos servir, el engaño y la pereza en servicio al Dios del Universo, los aumentos de sueldo en oportunidades para la generosidad. Cristianismo es la transformación de lo ordinario. Hay un mundo por cambiar y un montón de gente perdida a la que alcanzar.

    Somos aprendices. El espíritu del discipulado.

La vida cristiana es una vida que tenemos que aprender a vivir. Esto es la esencia del discipulado. Se trata de la vida de Cristo que tenemos que aprender a vivir. Mucho de lo que hizo Jesús durante su vida terrenal tuvo que ver con discipulado, con enseñar a sus discípulos cómo debían vivir. Es tan importante el tiempo que él pasó predicando a los no creyentes, como el tiempo que él pasó enseñando a los discípulos. Es significativa la división del libro de Juan entre los capítulos 1 a 12 y 13 a 21. Es significativa la distribución de trabajo del apóstol Pablo entre evangelización y discipulado. Más allá de observar sus métodos y copiarlos, podemos mirar a sus valores, la calidad y la profundidad de sus relaciones y la forma en la que establecían sus objetivos.

Lo que nos indica la vida de Jesús y la vida de Pablo, las enseñanzas de Jesús y las de Pablo es que el negocio de la iglesia es hacer aprendices y hacedores de aprendices. Eso es lo que somos, gente que aprende a vivir como su maestro. Y de un aprendiz no se espera que sea perfecto. No necesitas saber algo perfectamente para comenzar a hacerlo. Se trata de hacer mientras aprendes y de aprender mientras haces. Esa es la mejor forma de aprender. No se trata de miles de lecciones teóricas, porque hasta que no pones las manos en algo, realmente no estás aprendiéndolo. Imaginad aprender a conducir un coche o aprender a utilizar el ordenador o miles de cosas más. La vida cristiana no se trata de pasar un examen sino de aprender a vivir de una determinada manera.

La Iglesia necesita una cultura de aprendices. No se espera que lo sepamos todo o que tengamos todas las respuestas. Se espera que te equivoques y se espera que aprendas de los que están a tu alrededor y que recibas ayuda de ellos, porque estáis en una comunidad de aprendices. Lo mejor en esta comunidad de aprendices es que se aprende del maestro, porque llegas a conocerle personalmente y estás con otros aprendices para obtener ánimo de ellos.

Esto es lo que aprendemos de la propia Escritura. Nuestra vida actual es representada en la figura de Israel en el desierto, somos un pueblo en peregrinaje. Pedro nos llama extranjeros y peregrinos. Si cada uno de nosotros estamos en un lugar que no es el nuestro, dirigiéndonos a la casa del Padre, si nada de lo que tenemos aquí es definitivo, si no hemos llegado a ser lo que tenemos que llegar a ser, luego nuestras iglesias tienen que reflejar este espíritu. Deben ser comunidades que viven en una situación de inestabilidad aquí, porque no es aquí a donde pertenecen. Es curioso que ese no es el espíritu que preside nuestras congregaciones. Es como si todos pretendiéramos una excesiva estabilidad, tanto en lo individual, estamos muy bien en este mundo, ¿quién diría que sólo estamos de paso? Y nuestras congregaciones pretenden siempre la estabilidad.

Con ello quisiera señalar que el cambio no es una situación anormal e indeseable en nuestras congregaciones y en nuestras vidas, sino que es el estado normal. Nuestra teología formula este principio así: “Eclesia semper reformanda”. La Iglesia tiene que estar constantemente reformándose. Eso implica cambios, cambios constantes. Sin embargo nuestras iglesias conciben los cambios como una situación excepcional, como un tiempo no deseable del que hay que salir cuanto antes mejor, que la estabilidad es lo deseable. Incluso cuando hay cambios muchos se encuentran tan incómodos que marchan de la iglesia y para nosotros la palabra “estabilidad” es una palabra favorable. Hemos cambiado el espíritu de Jesús, el espíritu de nuestras propias doctrinas. El cambio es la situación normal de la Iglesia, de una iglesia que se está reformando cada día para adecuarse más y más a las Escrituras, que tiene capacidad de modificar su forma de expresarse continuamente para adaptarse a una sociedad en cambio frenético, una iglesia que no va siempre treinta años por detrás del mundo, sino que entiende que Jesús está diariamente haciendo nuevas todas las cosas y que lleva un milenio de adelanto al mundo.

Si somos aprendices quiere decir que tenemos que promover una cultura eclesial de experimentación. Nuestra forma de hacer iglesia no tiene que tender a crear superestructuras muy fuertes, que se imponen sobre la gente, que se quedan fijas por cientos de años y que hay que dinamitar para echar abajo. Tenemos que edificar con andamios, cosas que sea fácil desmantelar para adaptar a situaciones cambiantes. Una idea o un programa no tiene que ser perfecto antes de que lo pongamos en marcha. Se puede probar y se puede fácilmente corregir. Está bien probar y está bien dejarlo de usar cuando no funciona. Lo importante no son los programas, lo importante son las metas. Las metas sí tienen una proyección a largo plazo, tenemos una visión y la perseguimos a través de programas que van cambiando en la medida que funcionan o que no funcionan. Estamos en un momento de experimentación, no hay mucha gente que esté obteniendo resultados predicando a esta generación postmoderna. Donde la postmodernidad se ha instalado las iglesias en su conjunto decrecen. Estamos en un período en el que la experimentación es esencial para descubrir como comunicarnos efectivamente con esta generación. Necesitamos una cultura eclesial que sea realista con el momento en el que vivimos y ambiciosa acerca del lugar al que queremos llegar.

    ¿Para qué sirve la Iglesia?

De la misma forma en que el jardín del Edén fue creado como el contexto adecuado para crecer en Dios, la iglesia es el lugar creado para ser el contexto en el que nosotros crezcamos en Jesús, guiados por su Espíritu, donde el amor entre unos y otros fluye de modo que los demás conozcan que somos discípulos de Jesús. Para eso sirve la iglesia.

La iglesia persigue su misión de dos formas distintas. Por un lado a través de la proclamación del mensaje de Jesús por parte de los miembros y por otro lado, a través del poder de su ejemplo. Estamos mostrándole al mundo que la gente que sigue a Jesús somos una comunidad que está centrada en la misión, el mismo objetivo que trajo a Jesús al mundo y que explica la razón de ser de su vida y de su muerte, y que usa los mismos métodos de Jesús, la comunicación verbal del evangelio y el hacer el bien a los demás. No podemos separar evangelización y la transformación social, estos dos son los componentes inseparables del discipulado.

¿Cómo conseguimos este tipo de congregaciones? La clave para cambiar la cultura de la iglesia no es comenzar con cambiar los programas, sino comenzar con cambiar los valores que rigen la iglesia. Cada organización, y la iglesia es en cierto sentido una organización, tiene una cultura. Para ser más claros, la definición de cultura es: la forma en la que nosotros hacemos los cosas. Y esa forma de hacer las cosas proviene de un conjunto de valores. Esos valores son el “porqué” que está detrás del “que”. Nosotros oramos por los misioneros porque la misión es valiosa para nosotros. Nosotros no oramos por la gente de negocios porque la gente de negocios no es valiosa para nosotros. De esta y de muchas formas mostramos los valores reales que nosotros tenemos.

Pregúntate a ti mismo esto: ¿La forma en la que nosotros hacemos las cosas en la iglesia desarrolla aprendices de Jesús que buscan seguirle en cada aspecto de sus vidas? En caso contrario, el problema no está en los programas que tenemos, sino en los valores que están detrás de ellos. Los valores afectan cada uno de los aspectos de nuestra iglesia, como son las estructuras, los sistemas, las conductas e incluso las historias. Tomemos este último ejemplo, el de las historias que reflejan nuestro conjunto de valores. ¿Quiénes son los héroes contemporáneos de nuestras congregaciones? Toda congregación tiene héroes, gente a quien los miembros quieren parecerse. Esos héroes de la congregación aparecen en nuestros mensajes y los ponemos como ejemplos. En muchas congregaciones esos héroes son predicadores, maestros de la palabra, misioneros que están en países lejanos, etc. Cuando nosotros transmitimos estos modelos, estamos indicando a la gente que para llegar a ser un cristiano de primera categoría tú necesitas ser uno de ellos. En otro caso serás un cristiano de segunda, alguien que no pertenece a la élite. En cambio, cuando los ejemplos que ponemos en nuestras predicaciones son de gente que está en sus trabajos, y les convertimos en héroes contemporáneos transmitimos que puedes ser un cristiano de primera categoría, un modelo a seguir, cuando estás en tu trabajo diario y eso estimula tremendamente a los demás que están en trabajos normales.

Como ves puedes crear profundos cambios a través de pequeñas acciones. Lo que importa no es el tamaño de los cambios que hacemos, sino los valores que estos difunden, la dirección en la que ellos apuntan. Esto debe ilustrarnos la realidad de que no necesitas volver a tu iglesia y tratar de cambiarlo todo. Probablemente muchas de las cosas que hacemos son las correctas. Lo que necesitas es revisar tus valores, aquellos que están en el fondo de lo que estás haciendo, y luego asegurarte de que todas las actividades que realizáis están en la misma dirección que esos valores que forman el núcleo de vuestras actividades.

Dejadme resumir. La esencia de una iglesia son sus valores. Los valores de la Iglesia del Señor son un cristianismo global, que no divide entre lo sagrado y lo secular, sino que abraza a la vida entera, porque todo en la vida es importante para Dios, y el segundo, es que somos una comunidad de aprendices, porque todos y cada uno de nosotros estamos caminando a la meta de ser más semejantes a Jesucristo.

Acabo con una frase de Francis Schaeffer: La gente está mirando a la Iglesia para ver si cuando nosotros decimos que tenemos la verdad, esa verdad no es solo capaz de llevar a la gente al cielo, sino de dar sentido al conjunto de la vida en el tiempo presente, momento a momento.

 

fin de la tercera y última conferencia

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