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Nuestra actitud hacia la Soberanía de Dios (Is. 6:1-13)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre los atributos de Dios

Con este mensaje doy cerrado la serie de sermones sobre la soberanía de Dios. En los anteriores nos hemos ocupado en describir la naturaleza del Dios soberano y su relación con la creación, la salvación y la oración, es decir, cómo es Dios y cómo actúa. Ahora vamos a analizar cuál debe ser nuestra actitud hacia aquel que podemos ver en este capítulo de Isaías en una escena que nos causa profunda impresión. El profeta contempla al Señor en su trono, un trono alto y sublime.

Encima de este trono están serafines con sus rostros cubiertos, dando voces diciendo: "santo, santo, santo, Yahweh de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria" (v. 3). ¿Cuál fue el efecto y la actitud del profeta ante una visión tan gloriosa de la soberanía divina? (v. 5). La visión del Rey humilló a Isaías hasta el polvo, llevándole a darse cuenta de que no era más que un pobre pecador. De manera parecida el apóstol Juan ante la visión del Cristo glorificado cayó como muerto a sus pies (Ap. 1:17). ¿Cuál ha de ser nuestra actitud hacia el soberano supremo?

  1. Santo temor (Pr. 1:7)
    En la actualidad, la gente que está a nuestro alrededor vive absolutamente despreocupada de las cosas espirituales y eternas, amando más los placeres de este mundo que a Dios. Además desprecia todo aquello que tiene que ver con el Dios de la Biblia. La razón parece clara "porque no hay temor de Dios delante de sus ojos" (Ro. 3:18). Por otro lado, la autoridad de las Escrituras está siendo despreciada. Y aún aquellos que profesamos ser el pueblo de Dios estamos poco sujetos a su Palabra y no apreciamos sus preceptos o los pasamos por alto. Hace falta, pues, recalcar con todo vigor que Dios debe ser temido, no que le tengamos miedo, sino reverencia, no deseando contrariarle en nada porque le amamos.

    El origen de la sabiduría consiste precisamente en tener una visión de su majestad gloriosa, una percepción de su grandeza, de su inefable santidad, de su perfecta justicia, de su poder irresistible, de su gracia soberana. Los no salvos deben temer a Dios porque si no se arrepienten su condenación será terrible y aquellos que son de Cristo son exhortados a ocuparse de su salvación con temor y temblor (Fil. 2:12). En una época de la iglesia era costumbre referirse al creyente cristiano como alguien que era temeroso de Dios y eso es algo que parece que se ha extinguido, a pesar de lo que dice el Sal. 103:13.

    Cuando hablamos de santo temor, no queremos decir un temor servil, como el que predomina entre los paganos en relación a sus dioses. Nos referimos a aquella actitud del creyente que Yahweh ha prometido bendecir (Is. 66:1-2) o como el apóstol Pedro exhorta a los creyentes expatriados (1P. 2:17). No hay mejor manera de fomentar este santo temor que el reconocimiento de su majestad soberana.

  1. Obediencia a su Palabra (Sal. 119:2-6)
    La visión de la majestad de Dios estimula el espíritu de un santo temor y éste, a su vez, engendra el andar en obediencia a su Palabra. El remedio divino para el mal que hay en nuestros corazones se encuentra en guardar con todo corazón los mandamientos del Señor en actitud reverente, porque la irreverencia produce y fomenta la desobediencia.

    Darnos cuenta que las Escrituras son la revelación de Dios por la que nos habla y define su voluntad es el primer paso para una vida de piedad auténtica. Reconocer que la Biblia es la Palabra de Dios y que sus preceptos son los mandamientos del Dios Soberano, nos llevará a ver cuan terrible es despreciarlos o ignorarlos. Dice también el salmista: "ordena mis pasos con tu palabra" (119:133). Una vez hayamos comprendido y asimilado la soberanía del autor de la Palabra, ya no habrá lugar para escoger solamente aquellas porciones que nos convienen, sino que tendremos plena conciencia de que la actitud que corresponde a un hijo de Dios es la de obedecer sin reservas a su Palabra.

  2. Entera sumisión (Ro. 9:15-24)
    El verdadero acatamiento de la soberanía de Dios excluirá la queja o murmuración contra él. Cuando sufrimos pérdidas o aflicciones somos propensos a quejarnos contra Dios porque consideramos que eran nuestras posesiones y que teníamos todo el derecho sobre ellas y merecíamos conservarlas y disfrutarlas. Ocurre algo parecido con las aflicciones que sufrimos nosotros o alguien muy allegado, ya que nos parece que ningún poder puede entrar en el círculo maravilloso que como aro protector nos fabricamos y herirnos a nosotros o a algún ser querido.

    Entonces clamamos contra Dios. Pero aquel que por la gracia, ha reconocido la soberanía de Dios, en lugar de murmurar se inclina ante la voluntad de Dios reconociendo que él tiene todo el derecho a afligirnos. Recordemos a Job: "Yahweh dio, y Yahweh quitó, sea el nombre de Yahweh bendito" (1:21). Quizá alguno puede pensar que esto es teoría, pero por experiencia os digo que en la práctica ésta es la actitud correcta. La verdadera aceptación de la soberanía de Dios confiesa que él tiene perfecto derecho a hacer de nosotros lo que quiera como el alfarero con los vasos de barro que fabrica (Jer. 18:6), por tanto debemos supeditar todos nuestros planes a su voluntad.

  1. Profundo agradecimiento y gozo (Sal. 103:1-5)
    Si reconocemos la supremacía de Dios, no sólo engendrará santo temor, obediencia y sumisión completa, sino que además debe llevarnos a expresar nuestra gratitud como el salmista o como dice Pablo: "dando gracias siempre por todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo" (Ef. 5:20).

    Cuando las cosas van según nuestros deseos, parece que estamos muy agradecidos a Dios y en realidad cuesta poco serlo; pero ¿qué diremos cuando, en ocasiones, las cosas nos son adversas y desbaratan nuestros planes? Es entonces cuando debemos mostrar profundo agradecimiento. Tomemos de nuevo el caso de Job. ¿Qué hizo después de haberlo perdido todo? ¿Lamentarse de su mala suerte? ¿Maldecir a los ladrones y asesinos? ¿Acusar a Dios por haber enviado fuego del cielo y el viento del desierto? No. Job se levantó, rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró.

    Tenemos que aprender a ver la mano de Dios en todas las cosas y ejercer la fe que descansa en la Palabra de Dios que nos dice: "Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes le aman, de quienes él ha llamado de acuerdo con su propósito" (Ro. 8:28).

  1. Adoración, (Ap. 19:4-6)
    Dijo Moody "que el verdadero culto está basado en el reconocimiento de una Grandeza que se aprecia en grado superlativo en la soberanía, no habiendo otro estado en que los hombres adoren realmente". Los serafines se cubren sus rostros en presencia del Rey que está sentado en el trono (Is. 6:2). La soberanía de Dios no es la de un déspota, sino la voluntad puesta en acción por aquel que es infinitamente sabio y bueno, y por tanto no puede errar ni cometer injusticia.

Conclusión.
El hecho de que la voluntad de Dios es irresistible e irrevocable, me llena de temor, pero una vez me doy cuenta que él quiere lo bueno, mi corazón se llena de gozo. La actitud que nos corresponde adoptar es la de temor reverente, obediencia a su Palabra, sumisión sin reserva. Reconocer la soberanía de Dios y comprender que el Dios soberano es nuestro Padre, ha de hacer que nos inclinemos en alabanza y adoración.