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Los deberes conyugales (Ef 5:21-23)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre la Iglesia basados en Efesios 4-6

Reemprendemos hoy el tramo que nos faltaba de esta carta para completar la parte práctica que trata acerca de los deberes en la familia o en el hogar, siendo el primero el de los esposos, el segundo el de padres e hijos y el tercero de los amos y  siervos.

  1. La sumisión mutua (v. 21)
    Es importante considerar primero este versículo porque describe las consecuencias de la plenitud del Espíritu. Además de hablar, cantar,  alabar y dar gracias debemos añadir someter.  Se trata de un versículo de transición que hace de puente entre dos secciones. Esta noción de sumisión  está siendo contestada fuertemente en nuestros días porque se opone a las actitudes actuales permisivas.

    ¿Cómo debemos reaccionar frente a esta corriente moderna? Los que creemos en Cristo debemos reconocer que en la historia de la Iglesia ha habido épocas en que se ha ayudado a perpetuar algunas formas de opresión  humana, pero en el texto que hemos leído no hay nada que resulte inconsistente con la verdadera liberación, puesto que Jesucristo fue el primero que honró a las mujeres, los niños y los siervos en contra de la manera que eran tratados en su tiempo y no debemos pensar que el apóstol Pablo  escriba de manera contraria a las actitudes fundamentales de Jesús.
    Así, pues, a la luz de la enseñanza de Jesús y los apóstoles podemos afirmar tres verdades importantes:
    1. la dignidad de la mujer, los niños y los siervos,
    2. la igualdad ante Dios de todos los seres humanos sin distinción de etnia, rango, clase, cultura, sexo y edad porque todos hemos sido hechos a su imagen;
    3. la unidad de todos los cristianos, como miembros de la familia de Dios.

    La sumisión de la que habla Pablo no significa inferioridad. Debemos captar la diferencia entre las personas por un lado y su papel o función, por el otro. Esposos y esposas, padres e hijos, amos y siervos tienen la misma dignidad como seres humanos, pero ejercen funciones diferentes dadas por Dios. El Señor ha establecido un ordenamiento de la  vida humana en el que hay algunas funciones de autoridad o liderazgo. Se trata de una autoridad delegada por Dios porque la palabra griega traducida por “someter” incluye el término orden.
    La sumisión es el reconocimiento humilde del ordenamiento divino de la sociedad y tiene su aplicación también en la iglesia. En ésta como creyentes todos debemos someternos unos a otros, pero en cuanto a la función de autoridad están los ancianos a los que nos sometemos siempre que sus decisiones estén fundamentadas en la Palabra de Dios porque tiene que haber orden y no anarquía.

    De la misma manera se dice a las esposas que se sometan a los esposos como al Señor que es el que tiene la autoridad, a los hijos que obedezcan a sus padres en el Señor y a los siervos que sean obedientes a sus amos terrenales como a Cristo. O sea, detrás del esposo, los padres, y los amos deben discernir al mismo Señor que les ha dado su autoridad. Lo mismo sucede con la sumisión mutua de todos los cristianos ya que es en el temor de Cristo (Dios en RV) que debemos someternos unos a otros, ya que es él quien ostenta la autoridad como Señor, pero también se humilló como siervo.

    Ahora bien, esta autoridad no significa obediencia incondicional o ilimitada. Cuando se utiliza mal, ordenando lo que Dios prohíbe o prohibiendo lo que Dios ordena, entonces nuestro deber es rehusar la obediencia porque estaríamos desobedeciendo a Dios. 

  2. El deber de las esposas (vv. 22-24)
    Encontramos dos razones para la sumisión de la esposa, la primera  surge de la creación y se refiere a que el esposo es “cabeza” de la esposa y la segunda de la redención  y se refiere a Cristo como cabeza de la iglesia.
    1. Estar sujetas a sus maridos como al Señor (v. 22,23).
      Pablo no expone aquí el origen de la autoridad, ya que para eso debemos ver otros pasajes (1 Co. 11:3-12 y 1 Ti. 2:11-13). Ambos pasajes nos remiten a la narración de Gn. 2 y señala que la mujer fue hecha después del hombre, pero añade que el hombre también nace de la mujer de manera que ambos son dependientes el uno del otro. Pero como Pablo basa su argumento sobre la autoridad del hombre en el relato de la creación  tiene validez permanente y universal. La nueva creación en Cristo nos libra de la distorsión de las relaciones entre sexos causada por la caída, pero establece la intención original de la creación.

      Fue a este comienzo al que Jesús apeló cuando habló acerca del matrimonio. Evidentemente, hombres y mujeres somos iguales ante Dios, pero no idénticos. Dios ha creado al  ser humano masculino y femenino a su semejanza, así que ambos llevan su imagen, pero cada una complementa la otra. De ahí que podemos sostener  la igualdad y complementariedad a la vez de ambos. ¿Cuál es, pues, la distinción?

      La respuesta es que Dios ha dado al hombre (y especialmente al esposo en la relación matrimonial) una cierta autoridad y que la esposa se encontrará a sí misma y descubrirá su verdadera función dada por Dios, no en la rebelión contra él o a su mandato, sino en la sumisión voluntaria y gozosa.  

    2. Estar sujetas como la iglesia a Cristo (v. 24).
      Para entender lo que es el gobierno del esposo en la nueva sociedad que Dios ha inaugurado, necesitamos mirar a Cristo. Porque el Señor es la referencia a la que Pablo señala  al utilizar las palabras “cabeza” y sumisión”.  El hecho de que Cristo es la cabeza de la iglesia  ya lo vimos en 4:15-16 y es partir de ahí que el cuerpo deriva su salud y crece hacia la madurez. Su autoridad expresa   cuidado más que control, responsabilidad más que gobierno.
      Esta verdad se ve apoyada por la frase final del v. 23: “y él es su Salvador”. El que el esposo sea cabeza de la mujer  es semejante a que Cristo lo sea de la iglesia, entonces la sumisión de la  esposa es  similar a la de la iglesia (v. 24). No hay nada vejatorio en esto, porque la sumisión no es una obediencia ciega a sus reglas, sino una aceptación agradecida de su cuidado.
      Dice Markus Barth: “La sumisión y el respeto que se exhorta a la esposa específicamente a tener por el esposo…… no es de manera alguna la sumisión de un gatito, o la de un perro temeroso….. Pablo está pensando en un vínculo voluntario, libre, gozoso, como lo muestra la analogía de la relación de la iglesia con Cristo”.
       
  3. El deber de los esposos (vv. 25-33)
    Si la palabra que caracteriza el deber de la esposa es “sumisión”, la que caracteriza el deber del esposo es “amor”. Mientras los estoicos de la época de Pablo enseñaban a los esposos a “amar” utilizando el verbo “phileo” (amor de amistad), el apóstol usa el “amor-agape”, fuerte, sacrificial, en el matrimonio. Pablo utiliza dos analogías para ilustrar el cuidado amoroso que el esposo debe tener por su esposa.

    1. El esposo debe amar a la esposa como Cristo amó a la iglesia (vv.25-27).
      El apóstol usa cinco verbos para indicar los pasos sucesivos del compromiso de Cristo con la iglesia: “la amó, se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, la purificó (sin mancha ni arruga), para presentársela a sí mismo”. No puedo detenerme en cada uno de estos aspectos que merecerían otro mensaje. Lo que sí debemos ver son las consecuencias prácticas: Cristo como cabeza no somete a la iglesia ni la aplasta, sino que se sacrifica por ella para servirla a fin de que ella pueda llegar a ser lo que él desea. Así también el esposo nunca debería usar su autoridad para anular a su esposa.

    2. El esposo debe amar a la esposa como a su mismo cuerpo (vv.28-30).
      Da la impresión que Pablo desciende a un nivel más mundano del amor hacia uno mismo, pero la razón es que es realista. La verdad es que nadie aborreció a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida. Esta exhortación es coherente no sólo con el cuidado y sustento, sino porque también han llegado a ser una sola carne, expresión de unión total.

Conclusión. Este pasaje nos enseña que la sumisión es un deber cristiano general. La instrucción no es “casadas someteos, esposos dirigid”, sino “casadas someteos, maridos amad”. Lo que el apóstol enfatiza no es la autoridad sobre la esposa sino su amor por ella. La cabeza envuelve un grado de iniciativa  e implica sacrificio un darse por amor.