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Dios y las riquezas (Mt 6:19-21)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Los tres primeros temas de este capítulo tratan acerca de la justicia del cristiano con relación a su vida de piedad personal. En las exposiciones de estos temas hemos visto que lo realmente importante es que en este ámbito lo que conviene es lo que hacemos en la presencia del señor que nos observa y no tanto nuestra actitud  de cara a la galería para ser visto por los hombres.

Si damos limosna no es para que otros nos alaben; tampoco debemos dar la impresión de que somos  hombres o mujeres de oración; así mismo no tenemos que aparentar que ayunamos para que nos tengan por personas muy espirituales.
Con este pasaje iniciamos otra sección relativa al cristiano que vive su vida en esta tierra en comunión con Dios, pero que al mismo tiempo está envuelto en problemas, lleno de preocupaciones, tensiones y presiones. El primer asunto que debemos abordar es un tema muy delicado: ¿Cuál debe ser nuestra actitud hacia las riquezas o hacerse tesoros?

  1. El mandamiento del Señor (vv. 19ª-20ª)
    Este mandamiento o exhortación está expresado en dos maneras:  una negativa y otra positiva. El resto pertenece al campo de los motivos por los que debemos obedecer el doble mandamiento.

    1. No acumuléis tesoros en la tierra (19ª). Empieza con una prohibición que no debemos entender solamente en relación con el dinero. Si así fuera, podríamos pensar que estas palabras van dirigidas solamente a los ricos, cuando  se dirigen a todos nosotros. Tesoros, es un término muy amplio que incluye el dinero, pero no sólo el dinero; Jesús se ocupa aquí de nuestras posesiones, así como de nuestra actitud hacia  ellas. No importa tanto lo que el hombre pueda tener como su actitud hacia sus posesiones. En sí mismo, no hay anda malo en tener riquezas, lo que es problemático es la relación que tengamos con ellas. Lo que está implicado es el estilo de vida que llevamos en el mundo.

      En el fondo se trata de la ambición desmesurada hacia las cosas que pertenecen a este mundo  y esta tentación es igual para los ricos que para los pobres. Para algunos su tesoro será el dinero; para otros puede ser su casa y sólo viven para ella; para unos terceros su posición social; otros harán de sus hobbys o aficiones  su tesoro y aún hay quienes hacen del trabajo un tesoro porque se entregan a él con total pasión, ya que detrás de este móvil está el enriquecimiento.
      El tesoro viene a ser, pues, todo aquello que reclama nuestra atención aquí en este mundo al que nos entregamos en cuerpo y alma desmesuradamente en detrimento de otras cosas que abandonamos para vivir  solamente para él. Muchos han tenido caídas graves por no darse cuenta que poco a poco se deslizaban peligrosamente. El dinero no les tentaba, pero a lo mejor lo hacía su promoción social. Quizás han llegado a tener una posición elevada gracias al trabajo y su labor en la obra de Dios es abandonada porque tiene más atractivo su posición en el mundo

    1. Acumulad tesoros en el cielo (20ª). Se trata de un imperativo positivo  que se halla en las antípodas del anterior.  En principio debemos descartar que sea un camino para ganarse la salvación. En modo alguno puede significar la salvación del hombre y su destino eterno porque sería una salvación por obras. Todo el sermón del monte va dirigido a los bienaventurados hijos de Dios y el fruto que deben manifestar por lo que son.

      Realmente, el significado de hacerse tesoros en el cielo está explicitado en la misma Palabra de Dios (1 Ti. 6: 17-19). En otras palabras, los que han recibido la bendición de las riquezas deben utilizarlas de tal forma en este mundo que vayan acumulando un saldo favorable para el mundo venidero, es decir, que obren como consecuencia lógica de estar en Cristo. Para  ponerlo en práctica debemos tener una perspectiva justa de la vida y sobre todo adecuada del reino de Dios. O sea, no podemos olvidar que aquí sólo somos peregrinos que caminamos hacia nuestra patria celestial donde está nuestra esperanza eterna y así no viviremos apegados a los valores de este mundo que son transitorios. Nuestra perspectiva debe ser la de los santos que nos han precedido (He. 11:8-19, 24-27).

  1. Razones para obedecer este mandamiento (19b, 20b, 21)
    Jesús como Señor no tenía ninguna obligación de dar explicaciones sobre los motivos para no acumular tesoros en la tierra y actuar de una manera que obtengamos dividendos en el cielo. Pero en su condescendencia se digna darnos unas razones:

    1. Argumentos de sentido común (19b-20b). Todo aquello que podemos retener en esta tierra está sujeto a un proceso de descomposición, es efímero, pasajero y transitorio. Cuando se trata de la ropa, la polilla se encarga de destruirla si no tomamos medidas oportunas y aún con eso siempre nos llevamos sorpresas. El orín es el óxido que se forma en la superficie del hierro en contacto con el aire y el agua iniciándose su destrucción aunque sea un metal resistente.

      Esta parte se refiere a la propia destrucción de las cosas, las cuales trasladadas al terreno espiritual nos muestra que los tesoros que hemos mencionado nunca pueden llegar a satisfacer plenamente, pues siempre buscamos  nuevos tesoros y nuca nos saciamos de acumular aquellas cosas de este mundo que no pueden darnos la felicidad.
      Por otro lado, los tesoros, sean cuales sean, nos pueden ser arrebatados, porque de la misma manera que hay ladrones en este mundo que se apropian de lo ajeno, así ocurre en el terreno espiritual. En una época de tanta inseguridad, cuando menos lo esperamos aquello en lo que confiamos desaparece de la noche a la mañana.

      Por tanto, lo más sabio es acumular los tesoros en un lugar seguro, allí donde tenemos nuestra heredad (1 P. 1:4) y buscamos que tengan un valor en alza (2 Co. 4:18). Los tesoros en el cielo son imperecederos y allí los ladrones no pueden entrar para robarlos.

    1. El poder de las cosas terrenales en nosotros (v.21). Jesús usa el estilo   del sabio hebreo mediante la mención de un proverbio para aclarar, subrayar y aplicar los principios anteriores. El corazón es el centro de la personalidad humana regida por la mente. Todas aquellas cosas en que pensamos constantemente se  convierten en una obsesión a la que nos entregamos de manera que nos dominará por completo ejerciendo el control  de todo nuestro ser.

      Podemos ver la transformación que se opera en aquellas personas que a medida que triunfan en la vida y prosperan en este mundo, van cambiando sus valores e ideales de juventud siendo atrapados en una red enmarañada, llegando a vivir sólo pro aquello que les domina. En cambio, si nuestro corazón está ocupado en las cosas celestiales y las hacemos nuestro especial tesoro, habrá una coincidencia entre lo que pensamos y lo que hacemos.
      Es más, lo segundo será la consecuencia de lo primero. Este tesoro (en singular) es toda obra buena en la que hemos de poner el corazón, es decir, entregarnos con todo nuestro ser y fuerzas, para reproducir la actividad de Jesús en este mundo. Los valores que elegimos son los que determinan nuestro quehacer.

Conclusión
¿Por qué nos ha dejado el Señor Jesucristo este mandamiento de acumular tesoros celestiales en vez de terrenales? ¿Por qué los apóstoles insisten también  en este asunto? Se debe simplemente al pecado y sus efectos, pues aunque los que creído en Cristo somos nuevas criaturas, la vieja  naturaleza crucificada permanece todavía en nosotros y no estamos libres de caer en estas tentaciones. En realidad necesitamos recordarlo a menudo porque no sólo somos atacados, sino vencidos por estas cosas.