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El ayuno: La disciplina personal en la vida espiritual

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Esta es la tercera ilustración de Jesús sobre el modo en que debemos conducirnos en relación a la justicia personal (Cf. 6:1). Primero se ha referido al aspecto de nuestra vida en que hacemos bien a otros: la limosna, después relata nuestra relación personal con Dios por medio de la oración. Y en tercer lugar, trata el asunto de la disciplina personal en la vida espiritual mediante el ayuno.

Este es un tema del que no solemos hablar mucho porque en realidad no  practicamos el ayuno. Nos parece que es una práctica que suelen cultivar las iglesias pentecostales y carismáticas, dándole tanto énfasis que pensamos si no están incurriendo en la hipocresía que denuncia el Señor. Sin embargo, la razón principal es una reacción contra la enseñanza del catolicismo que lo ha convertido en un legalismo propio de escribas y fariseos; así que nosotros nos hemos ido al otro extremo rechazándolo por completo en la práctica, aunque lo aceptemos como doctrina.

  1. El ayuno en las Escrituras
    Jesús no se opone a esta práctica de la vida espiritual, sino a las desviaciones que se habían producido en Israel en relación con ella. Moisés ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches  antes de recibir las tablas de la ley (Dt. 9:9).El pueblo de  Israel debía ayunar en el día de la expiación, un ayuno integrado en el culto (Lv. 16:29-31). El ayuno

    acompañaba los tiempos de aflicción y humillación personal (2 S. 12:16-18). Pero como suele ocurrir con muchas cosas buenas los ayunos se prestaron  a abusos y, por tanto, fueron objeto de la crítica de los profetas (Is. 58:1-7). En realidad, Dios sólo había ordenado ayunar en el Yom Kipur y el pueblo de Israel añadió otros ayunos no prescritos (Zac.7:3-7).

    Cuando llegamos al NT vemos que los fariseos ayunaban dos veces por semana y lo convirtieron en una parte esencial de su religiosidad (Lc. 18:12). El Señor Jesús ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches (Mt. 4:2) antes de empezar u ministerio. Sin embargo, no enseñó el ayuno de una manera directa, pero sí indirectamente. En Mt. 9:14, los discípulos de Juan le formularon una pregunta a la que Jesús respondió de manera que no deja dudas sobre la oportunidad de ayunar los discípulos una vez cumplida su estancia en la tierra después de haber hecho la obra de salvación. Además, la palabras de nuestro texto implican la aprobación de Jesús de esta práctica  excluyendo de ella la hipocresía.

    Pasando de la enseñanza de Cristo a la práctica de la Iglesia apostólica, vemos como en Antioquia (Hch. 13:1-3), cuando enviaron a Pablo y Bernabé al primer viaje misionero, realizaron un culto en el que estaban estrechamente unidos la oración y el ayuno. En realidad, siempre que debían tomar decisiones importantes en las que estaba implicada al oración, la acompañaban de ayunos (Hch. 14:23, 2 Co. 6:5, 11:27). Si examináramos el resto de la Historia de la Iglesia hallaríamos lo mismo.

  1. Significado y propósito del ayuno
    En último término se trata de un asunto en que están relacionados el cuerpo y el espíritu. El ser humano está compuesto de una parte material y de otra inmaterial, las cuales están íntimamente conectadas entre sí. Por eso debemos considerar el ayuno en el ámbito de esta relación. Ayunar significa abstenerse de alimentos con una finalidad espiritual, por tanto, debe distinguirse de la puramente física o de aquella que se realiza con otros fines, como por ejemplo, las huelgas de hambre para conseguir unos objetivos sociales, políticos o religiosos.

    De ahí que el ayuno bíblico sea radicalmente diferente de otros tipos al estar unido a algunos propósitos especiales como la dedicación de un tiempo a la oración sin tener que preocuparse por lo material, la meditación o la búsqueda de Dios por alguna razón específica o bajo alguna circunstancia excepcional. Sin embargo, no podemos limitar el ayuno a la abstención de comida y bebida por unas horas o durante unos días. Debería incluir también la abstinencia de todo lo que es legítimo en sí mismo y por sí mismo, con el fin de alcanzar algún objetivo espiritual especial.

    1. Formas erróneas de ayunar. Una vez dicho esto, cobra mucha relevancia la enseñanza de Jesús que hemos leído en este texto, porque hay formas erróneas de ayunar. Por ejemplo, si ayunamos de forma mecánica o constituimos el ayuno en un fin en sí mismo, estaremos fallando. Ocurre igual que con la oración, como  hemos visto más arriba. No es cuestión de fijarse un calendario, prescrito por determinada iglesia, porque rápidamente caeríamos en el legalismo.

      Otra forma equivocada es la que podríamos llamar el “ayuno-marketing”: le proponemos al Señor un intercambio comercial; nosotros oramos y ayunamos y él a cambio de nuestro sacrificio nos concede forzosamente lo que deseamos. Esperamos unos resultados porque lo entendemos como algo funcional: “lanzamos una campaña de promoción y haremos muchas ventas”.

      De vez en cuando recibimos cartas que contienen un llamamiento vehemente a orar y ayunar  para ganar España para Cristo: No hay nada malo en orar y ayunar por la evangelización de España, pero los organizadores suponen que si lo hacemos Dios no tendrá más remedio que dárnoslo, por tanto,  todo el mérito será nuestro por haber ayunado independientemente  de la voluntad de Dios. En ninguna parte de la Biblia se enseña que con el ayuno se consiguen resultados directos, es más, es una doctrina peligrosa porque menosprecia a Dios.

  1. El significado y a la forma correcta de ayunar
    En realidad, de manera implícita ya lo hemos indicado. El ayuno es siempre un medio para un fin  y no un fin en sí mismo. Debemos ayunar cuando nos sintamos impelidos por razones espirituales o motivados por la Palabra de Dios como instrumento del Espíritu Santo.

    También cuando nos hallemos empeñados en algún objetivo importante (Hch. 13:3), no según reglas, sino por sentir la necesidad de concentrarnos con todo nuestro ser en Dios y en la adoración a su nombre. El modo equivocado, según nuestro texto, es demudar el rostro para mostrar a los demás que estamos ayunando para llamar la atención sobre nuestra espiritualidad. Es lo mismo que hemos visto en los temas de la limosna y la oración. Pero éste no es sólo un problema sobre los asuntos mencionados, sino que abarca a toda la vida cristiana.

    La condena de Jesús incluye igualmente el intento de aparentar que somos muy espirituales o que adoptamos actitudes piadosas. Se puede apreciar incluso en la forma de cantar himnos. Señalamos estos aspectos negativos para resaltar la forma correcta de ayunar: en primer lugar no podemos ser como los  fariseos (vv.17-18), por tanto, debemos esforzarnos en que no se note que hemos estado ayunando, por eso haremos lo que es normal y habitual, con toda naturalidad. Tampoco hemos de exagerar para ocultar que hemos ayunado, porque sería también hipocresía.

Conclusión
Nuestra ocupación debe ser la de agradar a Dios y no a los hombres, buscando siempre su gloria. Si lo hacemos así no tendremos ninguna dificultad con estas cosas. Si vivimos por completo para dar gloria a Dios, no hará falta que se nos indique cuando y cómo hemos de dar limosna, de qué forma debemos orar o cómo  tenemos que ayunar. Si nos olvidamos de nosotros mismos y nos entregamos a Dios, entonces estaremos dándole la gloria a él. Y nuestro Padre que ve en lo secreto, nos recompensará.