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¿Cómo debemos orar? (Mt 6:5-8)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Este pasaje es el segundo ejemplo que el Señor Jesús usa para ilustrar su enseñanza sobre la  vida de piedad o conducta espiritual. Entra de lleno en el principio general de este capítulo de guardarnos de hacer nuestra justicia  delante de los hombres para ser vistos. Después de exponer la manera correcta de dar limosna, Jesús menciona la forma  cabal de dirigirnos a Dios en oración. Quizás, al leer este pasaje, el primer pensamiento que ha venido a nuestra mente ha sido considerarlo como una denuncia de los fariseos, los auténticos hipócritas, sin relacionarlo con nosotros.

Pero la denuncia del Señor tiene que ver con los efectos terribles del pecado en el ser humano y muy concretamente con el pecado de orgullo espiritual. Pone en evidencia que el pecado es algo que nos acompaña siempre, incluso cuando estamos en la presencia de Dios. El pecado, en singular, es un estado del corazón, más que una serie de actos que son la consecuencia.

Lo terrible de esta enseñanza de Jesús es mostrarnos que es posible pensar que estamos en la presencia de Dios para adorarlo, cuando en realidad nos estamos alabando a nosotros mismos en su presencia. ¿Cómo debemos orar? Veremos que hay una forma errónea y otra genuina de orar.

  1. Las formas equivocadas de dirigirnos a Dios (vv. 5,7)
    Empieza señalando un enfoque de la oración que es erróneo, al centrar la atención en el que ora en lugar de hacerlo en aquel a quien se dirige la oración.

    1. La hipocresía en la oración pública. Jesús  pone como ejemplo a los fariseos, los cuales se colocaban de pie, en las sinagogas, en una posición prominente delante de todo el mundo.  Recordemos la parábola de Jesús sobre el fariseo y el publicano que fueron al templo a orar. Mientras el fariseo se puso en el lugar que le pudieran ver y oír todos, el publicano se puso en un rincón. Aquí también se dice que los fariseos se ponen en el lugar más visible de la sinagoga y oran para que los hombres los vean y consideren lo espirituales que son. Pero ya tienen su recompensa.

    2. La hipocresía de la oración en la calle. ¿Por qué oraban en la calle? La razón es la siguiente: cuando los fariseos se dirigían al templo o a la sinagoga para orar estaban deseosos de dar la impresión de que como eran muy piadosos  ni siquiera podían esperar a llegar al templo para orar, de modo que se detenían en las esquinas de las calles, un lugar muy visible desde varios ángulos, y oraban para que los demás los vieran.

    3. El uso de vanas repeticiones. Del fariseo judío pasamos al gentil. El primer tenía una actitud incorrecta, el segundo una forma equivocada de orar. Mientras el fariseo oraba centrándose en sí mismo. el gentil creía que la eficacia de la oración dependía de lo mucho que oraba y de la forma particular de sus oraciones. Todos sabemos lo que quiere decir “vanas repeticiones”. Son conocidas las ruedas de oración de las religiones orientales como el budismo, el hinduismo y derivadas.
      La misma tendencia se  observa también en el catolicismo con el rezo del rosario. De manera parecida los musulmanes recitan cinco veces al día una serie e oraciones de cara a la Meca. Todo esto puede ocurrirnos igualmente a nosotros de una forma más imperceptible. Por ejemplo, hay hermanos que dan gran importancia a dedicar un tiempo determinado a la oración.

      No es que no sea bueno reservar tiempo para orar, pero si lo que nos preocupa es ante todo orar durante ese tiempo determinado y no el hecho de orar, valdría más que no lo hiciéramos. Fácilmente podemos caer en la rutina y olvidarnos de lo que estamos haciendo. Sin embargo, no todo es cuestión del tiempo determinado, el peligro  está también en otra parte. Por ejemplo, hemos leído que los grandes santos han dedicado mucho tiempo a la oración. Consecuentemente, tendemos a pensar que para ser santos tenemos que estar mucho tiempo en la presencia de Dios orando.
      Pero nos olvidamos que ellos no estaban pendientes del reloj, porque lo que menos les importaba era el tiempo, ya que por encima de todo valoraban la oración. Tampoco estamos exentos nosotros de usar muchas repeticiones al orar o de  hacer oraciones calcadas, cuando se ha pedido que se ore por un tema concreto. Otro detalle, que entraría también aquí es cuando nos empeñamos en repetirle a Dios su Palabra y en lugar de orar, le hacemos un sermón a Dios sobre la base de algunos versículos.

  1. Las formas correctas  de dirigirnos a Dios (vv.6,8)
    Hay un modo adecuado de orar, cuyo secreto radica en el enfoque que le demos. Lo que Jesús está diciendo en este pasaje es que lo verdaderamente importante al orar en cualquier lugar es que tengamos conciencia de estar en la presencia de Dios. Es lo que se ha llamado el recogimiento interior que puede estar facilitado por un lugar tranquilo sin que nos estorbe nadie, pero también lo podemos lograr en plena calle, sin que nadie se dé cuenta. Se trata de un proceso en tres pasos:

    1. Excluir ciertas cosas. Hay hermanos que quieren persuadirse a sí mismos de que las palabras “cuando ores entra en tu aposento” contienen una prohibición de todas las reuniones de oración. Son los que dicen: “no voy a la reunión de oración porque yo oro en mi casa”. Pero este texto no prohíbe la  reunión de oración, porque lo que hace la Biblia es fomentarla.

      Lo que señala nuestro texto es que tanto en público como en privado al orar debemos excluir a los demás en el sentido de que cuando oro estoy en intimidad con Dios y me olvido de lo que hay en mi alrededor. Al orar nos dirigimos a Dios y aunque en público los hermanos escuchan nuestra oración, no nos estamos  dirigiendo a ellos, sino que somos en aquel momento los portavoces de ellos ante Dios y por eso al final dicen amén identificándose con lo que hemos dicho.
      La segunda exclusión y olvido es de nosotros mismos. De nada serviría entrar en el aposento y cerrar la puerta si todo el rato estoy lleno de mí mismo, pensando acerca de mí mismo y me enorgullezco de  mi oración. En lugar de esto debemos abrirnos a Dios y a al inefable experiencia de una comunión íntima con él.

    1. Comprender ciertas cosas. Ante todo debemos  ser conscientes de que estamos en  la presencia de Dios y comprender quien es él. Por la actitud ligera que se adopta a veces parece que no tenemos una idea muy clara de la trascendencia de Dios. Al orar, deberíamos pensar primero que nos dirigimos al Dios Soberano, Todopoderoso, Absoluto, Eterno, que habita en la majestad de las alturas, que es fuego consumidor, que es luz y no hay tinieblas en él. Pero también, debemos entender que este Dios  es nuestro Padre y que mantenemos con él  una relación paterno-filial. Él lo sabe todo de nosotros y conoce nuestras necesidades antes que se las pidamos.

    2. Confiar plenamente en Dios. Debemos acudir a Dios con la confianza de un niño. Necesitamos tener esta seguridad de que dios es verdaderamente nuestro Padre y por eso no tendremos necesidad de repetir innecesariamente nuestras peticiones. Debemos orar sin cesar, pero eso no quiere decir repetir mecánicamente una oración mil veces. Cuando oro sé que mi Dios es mi Padre y él se complace en bendecirme porque lo sabe todo antes de que empecemos a hablar.

Conclusión

 ¿Cómo debemos orar? Por un lado desechando las formas equivocadas de hipocresía religiosa y, por otro, adoptando los principios señalados por Jesús, entrando en nuestro aposento en lo íntimo de nuestro ser olvidándonos de nosotros mismos. Comprender que estamos ante la presencia misma de Dios, el cual es nuestro Padre que nos ama en Cristo. Nuestras peticiones serán hechas con toda confianza sabiendo que si pedimos de acuerdo a su voluntad él nos responderá a las peticiones que le habremos hecho.