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¿Cómo vivir una vida justa? (Mt. 6:1-14)

por Pedro Puigvert
El Sermón de la Montaña

En la primera parte del Sermón del monte describimos la naturaleza del cristiano según las bienaventuranzas, después al cristiano reaccionando frente al mundo. Más adelante pasamos a considerar la relación del cristiano con la ley de Dios. En estos textos Jesús contrasta las falsas enseñanzas de los escribas y fariseos con una exposición positiva de la ley. Concluye el Señor su exposición con una gran exhortación final: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.
 
Ahora empezamos una nueva sección que abarca todo el capítulo seis. Ésta se podría describir como una exposición sobre el cristiano que vive su vida en este mundo en la presencia de Dios, en sumisión y dependencia de él. Las continuas alusiones a Dios el Padre así lo manifiestan. Si hasta ahora hemos contemplado cómo debe caracterizarse  la conducta del cristiano en medio de la sociedad según las exigencias divinas,  seguidamente pasaremos a exponer cómo debe vivir el cristiano en este mundo una vida justa delante de Dios.

A  grandes rasgos, el capítulo se puede dividir en dos aspectos principales: del v. 1 al 18 trata de lo que podemos llamar nuestra vida religiosa, es decir,  el cultivo de la piedad o espiritualidad, el culto y todo aquello que tiene que ver con nuestra relación o comunión con Dios. De ahí que los  temas sean la limosna, al oración y el ayuno. Del v. 19 al 34 trata del cristiano en relación con la vida en general, o sea, con aquellos asuntos  a los que atendemos cada día, como el dinero, la riqueza, el comer y beber, el vestir y la vivienda, lo que la Biblia llama “los afanes de este mundo.
 
Del texto que encabeza este escrito podemos contemplar:

  • Principios generales de vida espiritual (v.1)

    Si en la primera sección del sermón del monte el principio general era: “os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (5:20), el cual pivotaba sobre algunos aspectos de la ley, en éste el principio sobre el que gira es: “Guardaos de hacer vuestra justicia  delante de los hombres, para ser vistos por ellos”, en que también se refiere a nuestra justicia que puede llegar a ser hipócrita para aparentar lo que no somos delante de los hombres. Como se trata de la vida religiosa, es la que más se presta a la hipocresía, y de ahí la advertencia de Jesús.

    1. El carácter equilibrado de la vida espiritual.
      El obrar de la “justicia” debe caracterizar los tres semblantes de la vida justa en relación con la piedad y sus manifestaciones. La vida cristiana es siempre un asunto de equilibrio y serenidad. Sobre esto ya dijimos algo cuando consideramos que los hombres deben ver nuestras buenas obras (Cf. 5:16). En cambio aquí dice que no debemos hacerlas para ser vistos de los hombres. ¿Hay una contradicción entre ambos textos? En modo alguno.

      Lo que debemos hacer son ambas cosas al mismo tiempo. Nos explicamos: el cristiano ha de vivir de tal forma que cuando los hombres lo miren y vean qué clase de vida lleva, glorifiquen a Dios. Pero al mismo tiempo debe recordar que no está haciendo estas obras para atraer la atención sobre sí mismo. Este equilibrio es sutil y  a menudo nos podemos inclinar hacia un extremo u otro. La historia de la Iglesia nos enseña que muchas veces  los cristianos se han decantado por la ostentación por un lado y por otro se han sentido tan pecadores que se han apartado del mundo viviendo como anacoretas. Lo que este pasaje nos enseña es que debemos evitar los extremismos. El equilibrio está en atraer la atención hacia lo que hacemos, pero no sobre nosotros mismos.

    2. La elección entre dos motivaciones.
      No se trata, pues, de hacer nuestra justicia para ser vistos por los hombres, sino  de la sutileza de buscar  que nos admiren para complacernos a nosotros mismos. Las motivaciones, incluso en las  cosas espirituales o quizás aún más que en ningún otro caso, tienen su origen en la búsqueda de la gloria propia, porque si agradamos a los demás también nos autocomplacemos, Ahí se ve el carácter malvado del pecado. Buscamos más la alabanza de los hombres que la alabanza de Dios. Esto en realidad no es justicia y, por tanto carece de recompensa divina.

  • La enseñanza de Jesús sobre la limosna (vv.2-4)

    En primer lugar, debemos señalar que Jesús no se está refiriendo a las ofrendas que se recogían en el templo o se recogen en las iglesias cada domingo, aunque los principios que se desprenden de estos versículos tienen también una aplicación práctica en este ámbito. La palabra en el original está relacionada con la misericordia y la piedad en el hecho de dar limosna, es decir, de ayudar a otras personas en su necesidad, ya sea dinero, tiempo o cualquier otra cosa. Hay una forma buena y una equivocada de dar limosna:

    1. La forma equivocada es anunciarlo (v.2).
      Jesús emplea una metáfora para destacar este hecho: contratar un pregonero para ir delante de uno proclamando la buena obra que está haciendo atrayendo la atención de la gente sobre sí mismo.  Esto nos recuerda a los personajes famosos que se apuntan a una ONG y de manera sutil intentan que todo el mundo se entere del dinero que están dando para los pobres del tercer mundo. También podríamos poder bajo el mismo  epígrafe a los telepredicadores y evangelistas de masas que en los boletines de sus organizaciones se dan bombo y platillo anunciando con grandes titulares los resultados de sus campañas en las que ha habido  multitud de “conversiones” con el propósito de ganar prestigio y fondos. Y no digamos el modo escandaloso en que alguna cadena de televisión “cristiana”utiliza los maratones para obtener dinero de los telespectadores.

    2. La forma justa de dar limosna (v. 3).  
       En otras palabras: no debemos anunciar a otros lo que damos porque ya se verá por la acción misma. Pero todavía hay más: no debemos anunciárnoslo ni siquiera a nosotros mismos diciéndonos en nuestro fuero interno: “hay que ver que buenos somos haciendo el bien al prójimo”.  Convendréis con nosotros en que la tendencia natural del ser humano es de alardear sobre lo que hacemos para ayudar al prójimo. De ahí que el asunto que nos plantea Jesús sea difícil de aceptar. Algunos no tienen problema en guardarse para ellos lo que hacen de bueno porque son personas reservadas, pero ¿ocurre igual con nosotros mismos?

      Lo que resulta difícil es no enorgullecernos de lo que somos o hacemos y si ocurre eso incurrimos en el mismo pecado del fariseo que oraba diciendo que él no era como los demás (Lc. 18:11-12). Cuando hacemos el bien en secreto, luego no lo anotamos en nuestro diario aunque sea íntimo. Para obedecer a Cristo, la forma adecuada es obrar por amor a él olvidándonos de nosotros.

    3. Las consecuencias de las acciones justas. (v.4) 
       Nosotros no debemos llevar la cuenta de las obras de misericordia que hacemos, porque ya las lleva Dios y él juzga  si son realmente obras justas. Por eso nos dará la recompensa. La frase “en público” de RVR60 está ausente de los mejores manuscritos en las tres ocasiones que aparece en este capítulo (vv. 4,6,18).
      Probablemente fue añadida por algún copista  para crear un paralelismo más explícito y antitético con la frase precedente “en secreto”. En realidad, lo verdaderamente importante no es que la recompensa divina  sea pública, sino que es superior en relación con la aprobación humana. Nada de lo que hayamos hecho quedará en el olvido, ya que nuestras acciones, por mínimas que sean, las recordará el Señor (Mt. 25:31-30).

      La recompensa no se nos dará mientras estemos  en este mundo, sino en aquel día en que los secretos de los hombres se pondrán de manifiesto y escucharemos  de labios del Señor: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré, entra en el gozo de tu Señor” (Mt. 25:21, 23). 

 Conclusión

 Fijemos nuestros ojos en la meta  en lugar de querer buscar el rendimiento rápido de nuestras buenas acciones como si se tratara de una inversión bursátil. Pensemos en que hemos de vivir una vida justa en la presencia de  Dios y que todo lo que hagamos es solamente para agradarle a él buscando su gloria y no la nuestra. Al final de nuestro peregrinaje encontraremos la recompensa  cuando entremos  en  el reino eterno.