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La enseñanza de Jesús sobre el divorcio (Mt 5:31-32)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Al exponer un tema como este, debo confesar que no es por gusto personal ni por necesidad de echar luz en un problema actual que yo sepa que hay en la iglesia.
Probablemente, no lo hubiera  tratado si no fuera porque al desarrollar toda la enseñanza del Sermón del monte no puedo soslayarlo sin ser acusado de pasar por alto pasajes de la Biblia o dar la impresión de no saber cómo exponerlo. Salvo en una reunión de matrimonios en que salió el tema y lo di de refilón, esta es la primera vez que lo predico sobre este pasaje en una iglesia, aunque sí he escrito sobre el divorcio y ha quedado recogido en el libro “Los cristianos en el mundo de hoy”, (pp. 119-125).

Lloyd-Jones dice que el predicador que elude pasajes de la Biblia es culpable de pecado. En este caso soy no culpable. La grandeza de la predicación expositiva sistemática  de la Biblia queda fuera de toda duda cuando nos vemos en la obligación de dar toda la Palabra de Dios sin tomar textos fuera de contexto ni picotear por la Biblia como un pollo en el corral.
Si no hay equilibrio en la predicación, como en la dieta, puede conducirnos a fracasos sonoros. Tratar la enseñanza de Jesús sobre el  divorcio es un excelente ejercicio de prevención cuando se trata de enfrentar el problema.
Cuando la Alianza Evangélica Española elaboró un documento que debía servir  de orientación  ante la problemática que afectaría a las iglesias con motivo de la entrada en vigor de la ley del divorcio, algunas manifestaron que no lo necesitaban porque suponían que en sus congregaciones los creyentes nunca se plantearían divorciarse.
Aún no han habían pasado cuatro años, cuando nos pidieron urgentemente ejemplares para el consejo porque ya tenían  algún caso y querían saber como actuar.

  1. ¿Qué enseñaba la ley sobre el divorcio? (Dt. 24:1-4, Mt. 19:7-8)
  2. Lo primero que salta a la vista es que la ley de Moisés no contemplaba el adulterio como causa de divorcio y la razón es muy sencilla: todo adúltero tenía que ser apedreado hasta morir (Dt. 22:22). Así se ponía fin al matrimonio, pero no por divorcio. ¿Cuál era, pues, el objetivo del divorcio por otras causas?
    Llanamente, para controlar y regular una  situación que se había vuelto caótica y proteger a la mujer de las veleidades del marido que podía despacharla sin más, mientras que si existía divorcio por medio le daba la posibilidad de rehacer su vida con otro hombre. De estos textos se desprenden tres principios:
    1. El divorcio estaba limitado a cierta causa (v.1.). Solamente por hallar en ella alguna cosa indecente o vergonzosa era causa de divorcio. Algunos han dicho que esto indecente era el adulterio, pero ya hemos visto que no puede ser, porque dice el texto que  la mujer puede casarse de nuevo. El término hebreo traducido por “indecente” o vergonzoso, significa más bien  una conducta torpe impropia de una mujer. La ley no fomenta el divorcio ni lo aprueba, simplemente lo tolera. El motivo lo menciona Jesús: “por la dureza del corazón de ellos”.
    2. El marido que repudiaba a su mujer tenía que darle carta de divorcio (vv.1-2). Antes de la ley de Moisés podía arrojarla de su casa abandonándola a su merced sin recurso alguno. Con el fin de proteger a la mujer, la ley exigía que se diera carta de divorcio delante de dos testigos a los que podría recurrir en caso de necesidad y quedaba libre para casarse de nuevo. Ponía en evidencia que era algo serio y apuntaba a la seriedad del matrimonio que es una institución que no puede tomarse a al ligera.
    3. El hombre que se divorciaba de su mujer no podía casarse de nuevo con ella (vv.3-6). En el supuesto de que la mujer quedara libre por muerte o divorcio de su nuevo marido, el primer esposo no podía tomarla de nuevo en matrimonio. Esta cláusula tenía por objeto mostrar que el primer matrimonio no era algo que se podía contraer y disolver de cualquier manera, sino que era irrepetible. Israel no era Hollywood.

  1. La enseñanza de los escribas y fariseos (Mt. 19: 3,7)
  2. Hemos visto que la ley de Moisés no ordenaba que el hombre se divorciara de su mujer, sino que ponía restricciones al varón. Pero los escribas y fariseos enseñaban  que Moisés lo había ordenado y después añadían que podían divorciarse pro cualquier causa. Habían otorgado a la frase “alguna cosa indecente o vergonzosa” el valor  de significar cualquier tipo de impureza que se les ocurriera. La consecuencia era que en el tiempo de Jesús se cometían terribles injusticias contra las mujeres que eran repudiadas por las razones más indignas y baladíes. Había dos escuelas rabínicas, una era estricta y la otra liberal. La primera era la de Shamai, que entendía que el hombre no podía despedir a la mujer a menos que ésta le fuera infiel.
    Pero la interpretación más extendida era la de Hillel, que permitía el divorcio por cosas tan pueriles como un plato mal guisado, al interpretar que lo “torpe” se identificaba con la “impureza” y ésta se generalizaba hasta en un error culinario. El rabino Akiba escribía: “Puede repudiar el hombre a su esposa si ha encontrado a una mujer más bella que la suya, ya que está escrito: <si uno se casa con una mujer y luego no le gusta>.....”

  1. La enseñanza de Jesús (Mt. 5:32, 19:4-6,9)
  2. Cristo no presenta una nueva ley, sino que nos remite al plano ideal, al mandato cultural que se halla en el origen de las intenciones de Dios para el hombre y la mujer. (Gn. 2: 24). Jesús corrige a los fariseos, puesto que Moisés no mandó dar carta de divorcio y mucho menos todavía por cualquier causa.
    Moisés permitió esta práctica debido a la dureza del corazón humano. La lección del Señor en todos estos pasajes es idéntica: sólo existe un motivo legítimo de divorcio a los ojos de Dios, cuando se ha adulterado. La razón es que la infidelidad destruye aquella unión expresada en la sentencia  divina: “y los dos serán una sola carne”. En el AT, la infidelidad disolvía el matrimonio mediante la muerte de la parte culpable.
    El cónyuge inocente podía contraer nuevo matrimonio. En cambio, la enseñanza de Jesús admite el divorcio para liberar al marido en caso de adulterio de la esposa o para liberar a ésta cuando el adulterio lo comete el hombre (Mr. 10:11-12). El Señor introduce dos innovaciones, una negativa y otra positiva.
    Abroga el castigo mosaico y legitima el divorcio por causa de adulterio. Bien leído, tampoco el AT legitimaba la ruptura, salvo en caso de adulterio. Sin embargo, la economía mosaica toleraba el divorcio por la dureza del corazón humano. La normativa que introduce Jesús anula dicha tolerancia. En su reino, la ley sobre el divorcio será más estricta, más de acuerdo con la intención original del Creador para el hombre y la mujer. Jesús permite el divorcio en caso de adulterio porque esta ruptura no depende de Dios, sino de los cónyuges.
    Se trata del fracaso del amor humano; no es cuestión del amor de Dios. La infidelidad destroza la pareja. No se trata tampoco de que Dios instituya el divorcio, como antes instituyó el matrimonio entre un hombre y una mujer, que es el único que contempla la Biblia. Esto es inimaginable, ya que el divorcio es siempre un mal, incluso cuando es un mal menor.
    Lo que hace Jesús es señalar la realidad del divorcio como un hecho innegable producido por la infidelidad. La comprensión de este punto es capital para entender la doctrina bíblica sobre el divorcio. Pero todavía hay más: parece justificado afirmar que cuando uno de los cónyuges repudia al otro por adulterio, este repudio expresa la disolución –la quiebra- del lazo matrimonial y, por consiguiente, el hombre o la mujer, quedan libres para volverse a casar sin caer en la responsabilidad de un nuevo adulterio.
    El divorcio disuelve el matrimonio.

Conclusión
Lo que hemos comentado es la enseñanza de Jesús sobre el divorcio que obliga a los creyentes. Sabemos que las leyes humanas y nuestra sociedad se mueve a impulsos de otros valores contrarios al evangelio, pero no debemos olvidar que Jesús remite a sus interlocutores al mandamiento universal que es para todos los seres humanos, tanto si son creyentes como si no lo son. Es, pues, fundamental que para testimonio a nuestra sociedad empecemos nosotros mismos por observar los principios del Reino expresados en el Sermón del monte