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Sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5:13-16)

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Por medio de las bienaventuranzas, Jesús presentó un cuadro del carácter cristiano. En nuestro texto da un paso más y aplica la descripción que había hecho. Una vez hemos visto qué es ser cristiano, ahora debemos considerar cómo el cristiano debería manifestarlo en el mundo en que vive. Porque nosotros no somos islas ni vivimos aislados.
El cristiano vive en el mundo aunque no es del mundo, es decir, no comparte los valores mundanos o al menos no debería  participar de ellos. Pero no debemos apartarnos de la gente que vive en el mundo en una especie de monasticismo mal  entendido –como el de los esenios- y pensar que el aislamiento físico del mundo nos preservará de contagiarnos de lo mundano.
Este fue el error del monasticismo medieval que enseñaba que la vida cristiana auténtica sólo se podía vivir separada de la sociedad y dedicarse a una vida contemplativa. Estando en Segovia, en el convento que fundó Juan de la Cruz, nos explicaron que mientras se construía, el “medio fraile”, como le llamaba Teresa de Ávila, pasaba más horas en la cantera donde sacaban las piedras para la edificación del convento que con sus frailes rezando. Éstos, le echaron en cara lo que consideraban que era una actitud incorrecta, pero él les contestó que “se tropieza menos entre las piedras que entre los hombres”. Ciertamente es así, pero el propósito de Dios es que seamos sal y luz entre los hombres.

  1. La sal de la tierra (v. 13)

    Aunque el énfasis recae en cómo debemos manifestar lo que somos, no podemos pasar por alto el lugar donde debemos hacerlo. ¿Cuál debe ser nuestra actitud frente al mundo? Si consideramos que a principio del siglo pasado, la humanidad entusiasmada por la idea del progreso científico, apoyada por la teoría de la evolución, creía que sus posibilidades eran enormes y albergaba el gran sueño de que iba hacia un paraíso en la tierra.
    Sin embargo, dos guerras  mundiales fueron suficientes para hacerle bajar de las nubes y darse cuenta del enorme potencial humano para  el mal. Por eso nuestro texto implica con claridad la corrupción de la tierra y señala que nuestro mundo es un mundo caído, pecaminoso y malo. Es como un trozo de carne que tiende a descomponerse y está  necesitada de algún conservante. El ser humano está perdido en  dos sentidos: extraviado y echado a perder, o sea, corrompido.

    1. La sal señala una diferencia. De ahí que el señor diga: “vosotros sois la sal de la tierra”. En las bienaventuranzas hemos visto que el cristiano es alguien distinto del mundo y no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta que la sal es diferente de aquello en que se coloca para que ejerza la función que le corresponde. Pero si la sal se desvaneciere ¿con qué será salada? Por tanto, el rasgo diferencial que debemos notar es que no podemos confundirnos con el mundo, sino distinguirnos de él. El cristiano tiene que ser diferente de las demás personas como el señor Jesucristo lo fue en el mundo en que vivió.
    2. Las funciones de la sal. La primera función específica de la sal es la de actuar como conservante. Como vivimos en una sociedad donde casi todo se conserva  en frío ya nos hemos olvidado que cuando no había frigoríficos el medio más usado desde la antigüedad para conservar las carnes y los pescados era la salazón que las preservaba contra los agentes que los pudría y en una función negativa evitaba que se pudrieran. Esta es también la función del cristiano en la sociedad, actuar como agente que impide su corrupción con una conducta diferente. La segunda función de la sal es la de dar sabor a los alimentos, pero para ello se necesita que se mezcle con ellos y no que permanezca en el salero.

      Esta es una función positiva, pero debemos llevarla a cabo sin que acabe diluyéndose en el mundo o permaneciendo en un ghetto.  Como cristianos, de manera individual tenemos que estar en contacto con las personas del mundo sin participar en aquellas cosas que comprometan nuestra fe y tener siempre muy claros los valores por los que nos regimos. El apóstol Pedro señala con claridad la frontera (1 P. 4:3-5). Como iglesia debe aprovechar las oportunidades que se nos presenten para estar en contacto con nuestra sociedad e intentar influir en ella. Un ejemplo es lo que hacemos con motivo de la Fiesta mayor del barrio y con el Plan comunitario, donde estamos en el plato para actuar como sal y dar un sabor diferente en nuestra sociedad. Pero también tendría que ser extensible a nivel personal en otros ámbitos, como por ejemplo, la política, los negocios, los medios de comunicación y los asuntos sociales.

  • La luz del mundo (vv.14-15)

    Esta es una de aquellas afirmaciones que nos deja anonadados, porque no somos gran cosa y la responsabilidad que tenemos es enorme. Sin embargo, debemos verlo por pasos y así nos resultará más fácil su comprensión.

    1. Implicaciones negativas. En principio esta frase  implica que el mundo está en tinieblas y ahí es mucho más sencillo  arrojar la luz del evangelio porque la distinción entre luz y tinieblas es manifiesta. Si repasamos la historia, observamos que en siglo XVI hubo un renacimiento cultural en medio del cual se dio la Reforma que fue un faro que alumbró las tinieblas de la Edad Media. Pero después de un decaimiento pendular (siglo XVII), en el siglo XVIII se produjo una restauración cultural que se conoce como la Ilustración o “Siglo de las luces”.  Pero a diferencia del anterior y de al mano del racionalismo empezaron los ataques contra la Biblia y el humanismo se erigió como la luz de la humanidad. En consecuencia se cayó en las tinieblas y cada vez son más densas porque en lugar de la revelación de Dios se ha instalado el orgullo humano de la  tecnología y el cientificismo. De la cultura podemos derivar a la ética y entonces  el desastre es ya absoluto. La corrupción moral es una realidad en todas partes y no hace falta amontonar ejemplos para demostrarlo. La corrupción moral es una realidad en todas partes.
    2. Implicaciones positivas. Las palabras de Jesús “vosotros sois la luz del mundo” indican que somos llamados a hacer algo positivo. Esto se dice de todos los verdaderos cristianos, no de una casta de cristianos especiales, una especie de lumbreras. Pero, ¿cómo se cumple en nosotros? Evidentemente por nosotros mismos esto es imposible, sin embargo, el Señor Jesús dijo con claridad que él era la luz del mundo. Por tanto, el cristiano no es alguien que tenga luz propia  como el sol, sino que refleja la luz de Cristo en su vida, como hace la luna en nuestro sistema planetario.
  • Su manifestación al mundo (v. 16)

    Primero ha señalado lo que es y después lo que hace. ¿Cómo debe mostrar el cristiano que es luz? Lo primero es poner de manifiesto las tinieblas del mundo con una forma de vida diferente. Esto nos habla del testimonio por medio de la conducta  sin necesidad de decir nada; luego vendrán las palabras. Presenta un modelo de vida que hace que los demás se sientan avergonzados. Por eso debe estar en un lugar visible y no bajo un almud (recipiente para medir cereales). El punto culminante o mejor manera de manifestarlo al mundo es haciendo buenas obras, pero no para exhibirnos, sino como algo normal para atraer la atención sobre nuestro Padre para desviarlo de nosotros mismos.

    Conclusión

Los cristianos  debemos vivir como personas que han recibido la vida de Cristo y ser sal de la tierra para dar sabor y evitar la corrupción del mundo. Al mismo tiempo deben manifestar la luz de Cristo haciendo buenas obras.