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Las Bienaventuranzas

por Pedro Puigvert
Sermones sobre el Sermón del Monte

Con esta exposición empezamos una serie de sermones con el objetivo de exponer íntegramente el sermón del monte (v. 1), llamado así porque Jesús pronunció estas enseñanzas en una de las estribaciones montañosas de Galilea, aunque probablemente Mateo recogió lo que el Maestro enseñó en varias ocasiones ya que forma un bloque compacto.

Se ha sugerido esto porque el tercer evangelio tiene también estas enseñanzas pero situadas en diversos contextos. Sea de una manera u de otra lo importante es el contenido de estos pasajes que son de importancia fundamental para el creyente.

Otra cuestión importante es cómo debemos interpretar estas enseñanzas porque hay varios enfoques y no todos son correctos: el punto de vista social dice que los principios son para todos los hombres y lo único que éstos tienen que hacer es cumplirlos.

Un segundo punto de vista lo considera como una simple exposición de la ley mosaica.

Un tercer punto de vista afirma que no tiene que ver con los cristianos de hoy, ya que el sermón del monte era solamente para los contemporáneos de Jesús y que entrará en vigor de nuevo durante el milenio. Pero los que enseñan esto se olvidan que todas sus enseñanzas se hallan también en las epístolas que iban dirigidas a las iglesias.

Por último, la interpretación que consideramos correcta y que aplicaremos es la que afirma que se trata de una descripción perfecta de la vida del reino de Dios y sus principios son para los súbditos de este reino, los cristianos de todos los tiempos.

Precisamente en las bienaventuranzas hallamos varias referencias al reino de Dios y la primera de ellas anuncia el reino como don a los pobres en espíritu, a los que nada tienen ni pretenden de Dios.
Somos conscientes de la imposibilidad de abarcar todas las bienaventuranzas en una sola exposición porque lo ideal sería tener una para cada bienaventuranza. Pero intentaremos sintetizar su significado y de ahí desprender las aplicaciones para nosotros hoy.

1. Bienaventurados ( griego: Makarioi)

Cada bienaventuranza empieza con este término que significa “felices” o “dichosos”. Lo que sigue expresa el verdadero carácter del cristiano, por eso alguien ha sugerido que deberíamos definirlo así: “es la clase de persona que debería ser felicitado o la clase de ser humano que hay que envidiar, porque sólo él es verdaderamente feliz”.

La felicidad es la gran búsqueda del ser humano y resulta trágico ver las formas que tienen algunos para alcanzarla sobre todo porque la conciben al modo griego como la ausencia de problemas y la confunden con el placer. Uno puede gustar todos los placeres, carecer de problemas graves y no ser feliz.
Ahí radica precisamente el engaño del pecado: ofrece felicidad y conduce siempre a la desdicha. Contempladas las bienaventuranzas globalmente proporcionan algunas enseñanzas primordiales: en primer lugar que todos los cristianos han de ser tal como se describe aquí; no es que se trate de unos cristianos excepcionales, sino que el verdadero carácter cristiano es precisamente éste.

En segundo lugar, todos los cristianos deben reunir todas las características que se mencionan, de la misma manera que todos los cristianos deben manifestar el fruto del Espíritu (Gá. 5:22-23). En tercer lugar, ninguna de las descripciones corresponde a la tendencia natural del ser humano, ya que sólo son posibles por la gracia y la acción del Espíritu Santo y señalan la gran diferencia entre el cristiano y el incrédulo. ¿Somos realmente felices en sentido que tenemos aquí?¿Pertenecemos al reino?¿Aún tenemos que entrar en él? ¿Por qué? ¿Manifestamos estas cualidades en la vida diaria?

2. El carácter del cristiano

Veamos cada una de las ocho descripciones de súbdito del reino y luego contemplaremos las consecuencias:

2.1. Los pobres en espíritu (v.3). No debe sorprendernos que esté en primer lugar porque es la clave para entender las demás. Sólo Lucas cita a los pobres sin calificarlos, pero no son los pobres en lo material, sino los que nada poseen ni pretenden ante Dios y reciben el reino por gracia. Ésta es la característica principal del cristiano pues para el pensamiento hebreo, el pobre en espíritu es la persona humilde.

2.2. Los que lloran (v.4). Para muchos es una paradoja: ¡felices los que lloran! Evidentemente contrasta con lo que piensa el mundo. No se trata aquí de las lágrimas derramadas por la muerte de un ser querido, sino de un aspecto del carácter cristiano. Los que lloran son los que se afligen cuando se contemplan a sí mismos y se dan cuenta que no han sido todo lo fieles y santos que era de esperar, buscando el perdón del Señor. Son también los que ven la condición del mundo que vive sin Dios y esto les causa una profunda aflicción. Así que lloran por los pecados de otros y sus consecuencias.

2.3. Los mansos (v. 5). Son la antítesis de lo que en la actualidad está en boga y por su influencia afecta también a la iglesia. Está tomado del Sal. 37:11 y allí, según el contexto, el manso es el creyente que confía en Dios y espera en él, el justo y misericordioso que contrasta con los malos, los impíos y los hombres violentos . El manso no es una persona apocada, sino alguien que se somete enteramente a Dios. Moisés es un ejemplo a lo largo de su vida; primero fue muy lanzado, pero 40 años de aprendizaje en el desierto y otros 40 como dirigente de Israel le enseñaron a depender de Dios en todas las cosas. Las otras dos veces que este evangelio emplea el término manso son para referirse a Jesús (11:29 y 21;5).

2.4. Los que tienen hambre y sed de justicia (v. 6). Los que hemos sido justificados, ahora debemos vivir como justos buscando no sólo la justicia de nuestros actos en nuestras relaciones con Dios, sino también con nuestro prójimo. De ahí que se pueda resumir en una sola palabra: santificación. No es el tipo de moralidad propia de escribas y fariseos, sino una caracterizada por el amor al prójimo.

2.5. Los misericordiosos (v.7). Si al mirar las consecuencias del pecado sentimos compasión por los que sufren, la misericordia (poner el corazón en la miseria) es la acción que ponemos en marcha para aliviarles. Implica tanto perdonar las ofensas como contribuir al bienestar de todo aquel que pueda necesitarlo.

2.6. Los de limpio corazón (v.8). El corazón es el centro de la personalidad en lo íntimo del ser. La pureza de vida del cristiano no es algo externo como pretendían los fariseos, sino interno, la fuente misma de donde procede la actividad moral del hombre (Mt. 15:18-19). Es lo opuesto a la hipocresía, y de ahí que nos hable de la integridad personal del cristiano.

2.7. Los pacificadores (v.9). El pacificador no es el pacifista en boga, sino el hacedor de paz, el que trabaja por la paz para que impere la justicia, especialmente en la iglesia. Paz ( griego eirene) se corresponde con el hebreo Shalom que no es un simple saludo sino la expresión de un deseo de bienestar en un sentido amplio.

2.8. Los perseguidos (vv.10-12). La forma gramatical “padecen persecución” indica que es el resultado de lo dicho antes. Los discípulos son perseguidos por lo que son, como lo podemos constatar allí donde el cristianismo es rechazado. Nunca en la historia ha habido tanta persecución de los cristianos como la que se produjo en el siglo pasado y que sigue en el actual. Miles de cristianos son muertos cada año por su fe en Cristo.

3. Las bendiciones del cristiano

Consecuentemente a lo que somos se derivan una serie de bendiciones: en primer lugar, el reino nos pertenece por haber entrado en él por el nuevo nacimiento que es la esfera donde se reconoce el señorío de Cristo. De ahí que esté en primer lugar, porque las otras siete tienen que ver con el súbdito del reino.

Éste experimenta la consolación de vivir en un mundo en el que se encuentra incómodo. Igual que en el Salmo 37:11, la tierra es la heredad de los mansos y humildes. Es una promesa esperada que tiene que ver con la consumación del reino en el retorno de Cristo en la tierra renovada (Ap. 21:1-7).

La satisfacción del hambre y la sed de justicia sólo se saciarán plenamente en la consumación del reino. Aunque la forma del futuro “alcanzarán misericordia” apunte a la consumación, no se limita a ésta puesto que en la iglesia adquiere un significado actual por medio del perdón y la restauración del hermano. “Ver a Dios” no es lo que se conoce como “visión beatífica” en el catolicismo, sino que el cristiano puede percibir a Dios a través de sus obras.

Pero también tiene una dimensión futura en la consumación del reino. Los hijos de Dios es una posición en Cristo por adopción guiados por el Espíritu (Ro. 8:14-15), pero además serán llamados de este modo porque se parecen a su Padre como hacedores de paz La persecución viene a ser la acreditación de pertenecer al reino (en presente) y en ello hay gozo por el galardón.

Conclusión

Las bienaventuranzas contempladas en conjunto son una descripción fehaciente del carácter de Cristo. Por eso, ser cristiano en última instancia es ser como Cristo. Familiarizarnos con las bienaventuranzas nos ayudará a contrastar nuestra vida con el verdadero carácter revolucionario cristiano y el único que puede impactar nuestra sociedad.

Las recetas convencionales sobre la felicidad son invertidas de tal manera que choca e inquieta. Pero el verdadero cristianismo no es convencional sino transformador de un mundo que vive de espaldas a Dios.