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Los dioses del laicismo

por Demetrio Cánovas


Demetrio Cánovas es director de Editorial Peregrino y de las publicaciones Nueva Reforma, Selecciones Literarias y El Heraldo del Pueblo. Anteriormente fue pastor durante quince años en Alcázar de San Juan (Ciudad Real). Cursó estudios teológicos en la School of Biblical Studies en Watford (Inglaterra).

El laicismo está de moda. Aunque sus raíces se hunden en el siglo XIX, sus frutos más maduros se están danto en nuestros días. Hoy día, el laicismo se alinea inseparablemente con los conceptos de libertad, progreso y civilización. Al mismo tiempo, todo lo que huele a creencias, principios morales y trascendencia resulta repugnante al olfato moderno, que cree haber superado los oscurantismos del pasado y haber visto la luz que le brindan el posmodernisrno y el relativismo.

El laicismo, al igual que tantos otros movimientos, comenzó bien, pero, al igual que muchos otros, acabó moviéndose en la dirección equivocada. Tenía razón al abogar por la separación entre la Iglesia y el Estado, pero perdió la razón al convertir al Estado en una nueva Iglesia y en una nueva religión, con sus dogmas, formas de culto y (falta de) principios. El laicismo no ha erradicado a Dios, sino que lo ha sustituido por una multitud de dioses que pueblan el nuevo Olimpo del sincretismo y la demagogia.

Los nuevos sacerdotes del laicismo han desterrado los dogmatismos del pasado pero no para fomentar la libertad de pensamiento sino para imponer el pensamiento único. La intolerancia religiosa de los siglos anteriores ha dado paso a la intolerancia laica actual. El oscurantismo de la Edad Media ha sido sustituido por el esoterismo y la irracionalidad de la Edad Posmoderna.

El nuevo culto laico es tan intransigente o más que todos los que lo han precedido. No acepta la objeción de conciencia en la educación (sexo, ciudadanía) ni en la medicina (aborto); coarta la libertad de expresión cuando se tocan ciertos temas (la homosexualidad, por ejemplo); pone cortapisas a la libertad religiosa; no admite alternativas al dogma de la evolución.

Este laicismo absolutista de nuestros días, sin embargo, se vuelve increíblemente tolerante y laxo con todo aquello que conviene a sus intereses: no hay restricciones para todo lo que suponga una burla o una ofensa contra el cristianismo. Se permiten libros, películas y obras de teatro que ridiculizan a Cristo (al que respetan cientos de millones de personas en todo el mundo), pero que nadie se manifieste en contra del "matrimonio" homosexual, pues se le calificará de homófobo y tendrá que pagar las consecuencias. ¿Se ha preguntado el lector por qué la religión laicista no ha acuñado (ni acuñará jamás) términos como "cristófobo", "religiófobo" o "bibliófobo"? La respuesta, como cantaba Dylan, "está soplando en el viento ".

Los dioses del laicismo son, además, enormemente caprichosos y contradictorios. Convierten a la ciencia en una "vaca sagrada", pero al mismo tiempo dan vía libre a conceptos tan anticien-tíficos como la astrología, el tarot, la quiromancia y otros tipos de esoterismo. Propugnan la igualdad de la mujer, pero permiten que esta se convierta en un mero objeto sexual. Quieren reducir el número de embarazos juveniles, pero fomentan la promiscuidad. Proclaman el relativismo, pero lo hacen de la forma más dogmática e intolerante.

Este es, a grandes rasgos, el Laicismo Nuestro que está en la Tierra. Abominable es su nombre; su reino avasallador ya ha venido; su voluntad se hace en todas las esferas; su pan podrido nos lo dan todos los días los medios de comunicación; no perdona a los insumisos y tienta a todos los incautos. ¡Que Dios nos libre de semejante religión!

Frente al politeísmo laico, la Biblia nos presenta al único Dios verdadero. Es tan tolerante que nos permite que le neguemos. Nos da tanta libertad que dice: "Escoged hoy a quién habéis de servir" Nos ve a todos tan iguales que no hace acepción de personas. No obliga a nadie a seguirle, sino que dice: "Al que a mí viene, no le echo fuera". ¡Y pensar que el laicismo se arroga estas características divinas!

Querido amigo, tú tienes hoy la libertad de escoger entre los falsos dioses del laicismo o las religiones y el Dios verdadero de la Biblia. Ya ves que esos ídolos ya han sido pesados en la balanza y hallados faltos. Elige, pues, al Dios inmutable, eterno, clemente y benigno por medio de Cristo. Él dijo: "Nadie viene al Padre sino por mí" (Juan 14:6).